“Vanitas”, naturaleza muerta en un acto

[UNA TEMPORADA EN LA ÓPERA]
Una ópera que no lo es y un vacío que no está vacío. La fragilidad de la vida, sus resonancias, las huellas de lo que no estuvo, la brevedad, esa flor de un día, y ese día que puede no concluir nunca.

A20110922_sciarrino-vanitas-pilar-martin-gilaquel hermoso soneto de Quevedo cuyo último terceto dice “En el Hoy y Mañana y Ayer, junto / pañales y mortaja, y he quedado / presentes sucesiones de difunto.” puede dar pie a una mirada sobre la obra de Salvatore Sciarrino, Vanitas, que se pudo ver en la 27 edición del Festival de Música de Alicante el pasado domingo día 18, con el montaje que se hizo en la Sala Gayarre del Teatro Real el pasado año.

Vanitas es un largo lied en un cuarto cerrado, la canción intempestiva de una mujer que va siguiendo el curso de sus reminiscencias –esa facultad para sacar lo que percibieron los sentidos y retuvo la memoria- desplegadas en la fantasía como recuerdo de lo que pudo ser, y que proyectan su imagen sobre una de las paredes del cuarto. La escena es una habitación casi vacía que, como es sabido, resulta más inhóspita y desoladora que una habitación vacía del todo; un lavabo, una silla, un radiador, objetos cotidianos sin escapatoria, que están más dentro que fuera, y que la mujer va descubriendo precisamente más para entrañarlos que para extrañarlos. De igual forma, la música no es un tiempo de acción pero tampoco un tiempo muerto, sino, por decirlo así, la vivencia del tiempo en una canción cuyo eco en el recuerdo dura más que la canción misma.

La obra del palermitano concluye con un larguísimo glissando del cello, como esa última respiración o esa canción última ya al borde del vacío. Vanitas, esa “vanitas vanitatum” del Eclesiastés, ese vacío que deja la caducidad de las cosas, su fragilidad, y por tanto la desolación con la que nos vamos construyendo en tanto que nos vamos perdiendo, porque a la llegada de la muerte, ya hemos muerto muchas veces,  a cada instante y en cada cosa que ha desaparecido. El ir muriendo de la angustia barroca ya no es el camino por el que pasamos, “nuestras vidas son los ríos…”, de la Edad Media, ahora en ese tránsito está ocurriendo ya el destino, de tal manera que para recordar la vida, recordamos la muerte. Y la única acción posible es la reconstrucción en la representación, que sería una forma de ir resucitando todo lo que va muriendo, traer lo desaparecido de vuelta a la vida. Y es así cómo los hombres, para quienes parece no haber algo que pueda llamarse “realidad”, vamos haciendo nuestra vida a la vez que la vamos perdiendo, en un juego de recuerdo y olvido que conforman la memoria, el mundo como imagen del mundo donde es más frágil vivir que rememorar. Olvidar es la condición de la memoria, morir es la condición de la vida, así que todo lo que tenemos  –esto parece querer mostrarnos la obra de Sciarrino-  son ecos, voces que vuelven (desde lo que fue o desde lo que será, no importa) con una cualidad distinta a la que tenían cuando salieron, vibraciones que sólo regresan cuando aún hay un límite contra el que despeñarse.

Vanitas se presenta como ópera de cámara, con dirección escénica de Rita Cosentino y realización de vídeo de Celeste Carrasco. Interpretada por el pianista Riccardo Bini, Marisa Martins, mezzosoprano, y Dragos Balan, violonchelo.

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