S
orprende, sÃ, sorprende el montaje de La clemenza di Tito que se ha estrenado en el Teatro Real. Los periodistas dicen que es el talismán de Mortier y todo el mundo se pone a repetirlo. La verdad es que este mismo montaje lo programó y estrenó por primera vez en La Monnaie de Bruselas cuando era su director artÃstico. De esto hace ya treinta años. Y luego lo ha ido reponiendo en los lugares en los que ha ido trabajando suponiéndole un gran éxito de crÃtica y de público. En Madrid hubiera sido lo mismo si no se hubiese producido esa unanimidad en que el tenor que hace de Tito, Yann Beuron, no canta todo lo bien que cabrÃa esperar. Mecachis.
Detenerse en la calidad de la composición de Mozart o en la del libreto de Mestastasio, que ha sido musicado con modificaciones en muchas ocasiones, serÃa repetir lo que ya se ha dicho múltiples veces y, de nuevo, se ha repetido al estreno de esta obra. De los motivos de su composición, la celebración de la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia, se puede decir lo mismo. Cualquier comentario que se focalizase en el montaje, un montaje longevo, también caerÃa en tópicos. Tópicos que le han permitido sobrevivir al tiempo. Por tanto, queda poco espacio para el comentario o para el análisis a no ser que se hable de la calidad de su director musical y de sus cantantes. Pues tanto el uno como los otros suelen cambiar cada vez que se ha estrenado este montaje. Situación esta muy tÃpica en el mundo de la música clásica en general y del operÃstico en particular, en la que se representan casi siempre las mismas óperas aunque con distintos intérpretes, a pesar de la conciencia de los abonados y espectadores del Teatro Real de que eso no ocurre. Algo que Mortier denunció con inteligencia en una entrevista que le hicieron mucho antes de llegar a España en la que venÃa a decir algo asà como que cuando escasean los autores o los estrenos de los nuevos compositores, como pasa en la ópera, el discurso musical se basa en comentar las distintas interpretaciones que los directores, cantantes y músicos hacen de las composiciones. No es una cita literal y, aunque no es inventada, el tiempo y el recuerdo la han podido tergiversar. Es un asunto de hemerotecas y de fuentes bibliográficas de acceso complicado incluso existiendo san Google.
Pero lo ya dicho, cantado, contado y escuchado no deberÃa hacer arredrarse a nadie. Uno debe pensar y disfrutar por sà mismo. Aunque el disfrute nunca será en solitario pues todo el bagaje personal acompaña. A veces en exceso, anegando cualquier atisbo de individualidad real, de personalidad, de carácter. Asà que, lo difÃcil, viendo el montaje de Ursel y Karl-Ernst Herrmann, es disfrutar de una experiencia propia, en una puesta en escena que llama la atención por su apariencia contemporánea. Como si se hubiera realizado para esta temporada por primera vez. Tal vez, el incendio que se produce en la revuelta pudiese haber sido más espectacular o más realista que esas pequeñas llamas que se ven tras las alas de una Victoria de Samotracia-like o el lanzallamas que simula la propagación del fuego y la revuelta podrÃa haber sido sustituido por mejores efectos o un verdadero simulacro de incendio. Pero este no deja de ser un detalle tecnológico anecdótico.
Por tanto, si se abandonan las lÃneas anteriores, ¿qué queda? Parece mentira pero queda lo que deberÃa ser de interés. La historia y su tema. En función de los que fue escrita y compuesta esta ópera. En función de los motivos por los que deberÃa ser repuesta, leÃda, tocada, interpretada para el público actual. Un público soberano, como el emperador romano Tito, protagonista de la obra. Tito, amado por el pueblo y ejecutor de las decisiones del senado. ¿Es posible que un personaje asà de público tenga una vida privada? Es de ese conflicto entre lo público, lo polÃtico, y lo privado, lo doméstico, de donde surge el drama. ¿Cuánto de personal e Ãntimo queda en nuestros gobernantes y en nosotros? ¿Cuánto les dejamos y nos dejamos? ¿Hasta dónde lo público se entromete en sus intimidades y en las nuestras? A Tito, por no elegir una esposa adecuada según la opinión pública, se le organiza una revuelta y un intento de asesinato. Por elegir la amistad de Sesto se arriesgará a perder el favor del pueblo y del Senado. Es aquà donde la voz de Yann Beuron suena, al menos el 26 de febrero de 2012, como la voz diferenciada que debe ser con respecto al resto. No es la voz falsa que le exige lo público. Sino la de un ser humano. La voz que apenas suele escucharse en los escenarios y por ello resulta extraña y difÃcil de apreciar aunque es en la que mejor se entiende el texto y la música. Y que desluce frente a la belleza muy bien aprendida y mejor ejecutada de las voces que le acompañan. Tito es la voz de la clemencia para con el ser humano que se oye en las composiciones de ese humanista llamado Mozart (y, ahora, también, Amadé según el programa de mano) que tanto hace disfrutar en esta obra al director de orquesta Thomas Hengelbrock mientras dirige. Y que los Herrmann supieron ver hace ya algunos años y hacen ver en la actualidad.
ReferenciasÂ
- La clemenza di Tito – página del Teatro Real (en español)Â
- Conferencia de José Luis Téllez sobre La clemenza di Tito (en español)
- Aria Parto, parto del mismo montaje pero con otros cantantes (subtitulado en español)
- Aria final del primer acto del mismo montaje pero con otros cantantes (subtitulado en francés)









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