La countertechnique de la Schaubühne

Una reflexión sobre la necesidad de volver a los escenarios, a partir de “Protect Me”, espectáculo de Richter y van Dijk con música de Malte Beckenbach y Matthias Grübel, que la Schaubühne ha presentado en Las Naves del Matadero de Madrid.

P20120303_protect-me-matadero-madridasa por España como una exhalación el espectáculo Protect Me de la Schaubühne berlinesa. Teatro que acoge a todos los directores de escena, autores y artistas europeos considerados enfants terribles. Lugar donde recalan los espectáculos del vanguardista autor y director argentino-español Rodrigo García y que ha visto crecer (y desarrollarse) a sus pechos a Thomas Ostermeier.

Esta vez la propuesta llega con uno de esos espectáculos inclasificables, si se es de mente estrecha, que montan al a limón el dramaturgo y director de escena Falk Richter y la coreógrafa Anouk van Dijk. Ya pasaron por Madrid hace dos años con su anterior colaboración, TRUST. Un espectáculo que habla de confianza entre individuos en un momento que apenas había comenzado la crisis (de confianza entre instituciones financieras) pero ya se le veían las orejas al lobo y que sigue girando por cualquier teatro que quiera acogerlo. Y antes habían colaborado en Nothing Hurts, un trabajo sobre la vulnerabilidad (dossier de prensa dixit), de nuevo en los tiempos que corren aunque lo situaban en los 90. Y ahora esta, Protect Me, sobre las reacciones humanas histéricas copiadas a un mercado voluble y en crisis sobre el que reina una diva llamada economía. Una diosa a la que se le ofrecen dinero, prebendas y sacrificios humanos.

El espectador llega y se sienta. Si va al estreno verá que predominan las parejas y grupos de hombres con cierta y sutil concesión a la moda, aunque se mantienen en la austeridad del vaquero gastado algo bajo de talle, la sudadera, la bufanda a muchas vueltas y la zapatilla casual. Tampoco falta el espectador avisado. Ni el famoso. Y en este ambiente se apaga la luz para que un grupo de actores ocupen un escenario negro e iluminado que se presentan como cantantes sin voz delante de un micrófono, sobre los que cae una luz cenital que los enfoca, mientras se desmadejan en esa forma de moverse que la coreógrafa llama countertechnique y que es responsable de esa espectacularidad que caracteriza los trabajos citados. Movimientos en una dirección que son seguidos por otros en dirección contraria, opuesta, y luego otro de dirección contraria a esta, y así de forma continua, que da una gran amplitud de movimientos en escena. Un movimiento que baila una música que suena a cercana, a la que puede haber en la calle. La que ocupa en gran medida el festival Sonar que se celebra todos los años en Barcelona. Música que ponen Malte Beckenbach y Matthias Grübel.

Ante tanta modernidad se impone una lectura clásica. Ante un movimiento, su contrario, su opuesto como propone la coreógrafa. Y entonces se amplía el campo de batalla. Y en esa necesidad antigua que la ópera ha seguido de que la voz suene como voz hablada, hace que desaparezca el canto, si no fuera por alguna canción grabada y cantada, y el texto que se dice con música de fondo a través de un micrófono, es directamente un recitativo, que repite, como en las canciones, un estribillo. Concentrando la atención ante tanta dispersión ambiente. Y que el director de escena marca su carácter musical, por si a alguien le quedaban dudas, haciendo que los actores-cantantes se agarren al micrófono como lo harían en un concierto para recitar. Hay, pues, arias, ariosos y duetos. Voces que se dicen y se hablan sobre la propuesta musical. Y una clarísima referencia a La voz humana, ese monodrama de Cocteau que musicó Poulenc, convertido en Protect Me en un duetto. Música de la calle que da pie a tableaux con todos los bailarines-cantantes-actores en escena reproduciendo a personas en actitudes cotidianas. Tableaux, que siguiendo la técnica de ir a la contra, se podrían describir de postmodernos. Tableaux que incluye ballets contemporáneos. Solos o de conjunto. Grupos de pás de deux. Deslizamientos, knee slides, todo lo largo que es el escenario. Y ese conjunto hace bailar y cantar al espectador, toda su melancolía, toda su rabia, todo su grito, toda su renuncia y aceptación. Y se sale del teatro pensando en saltar y deslizarse por el duro suelo como ellos lo hacen sobre un escenario preparado para hacerlo.

Pero, en la calle, ¿dónde está la música?, ¿dónde están los músicos? Huidos de los corsés que atenazan a la ópera y al ballet, perdida la relación con la voz y con el cuerpo, han encontrado sus refugios de invierno en pequeñas salas de concierto para iniciados. La Schaubühne les muestra que hay que salir, que la combinación de voz, cuerpo y música actuales pueden seguir contando cosas al espectador actual. Que no hay que abandonar los teatros, sino tomarlos. Y que no es ópera o ballet sólo lo que sucede en un teatro o un festival dedicados a estas disciplinas, ni tiene porque ser estrenado en ellos. Es más, ni siquiera tiene porque ser pensado en dicho formato. Como muy bien muestran los espectáculos de Richter y van Dijk. Como muy bien muestra la Schaubühne que está en Berlín, capital de la conservadora Alemania, y, parece ser, todavía de la vanguardia europea, desde hace ya tanto tiempo.

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