Nuevas sirenas de alarma: OCAZEnigma

Otra formación especializada en la música de nuestro tiempo en peligro, después de los recortes que la administración municipal de la capital aragonesa a determinado, y que han supuesto modificaciones importantes en una programación ya diseñada y anunciada.

H20120310_sirenas-alarma-ocazenigmaace pocos días llegó a nuestras manos una carta al director del Heraldo de Aragón, de fecha 4 de este mes, en la que un nutrido grupo de músicos y profesionales de distintos ámbitos unían sus voces para protestar contra los recortes que la OCAZEnigma (Orquesta de Cámara del Auditorio de Zaragoza - Grupo Enigma) está sufriendo por parte de su principal valedor, el Ayuntamiento de Zaragoza. El tijeretazo es importante, y lo que resulta más sorprendente, afecta directamente a los conciertos de temporada ya programados, a veces, con cancelaciones en las vísperas de una actuación.

El segundo párrafo de esta carta al director se inicia con “La crisis obliga, sí, y nadie lo ignora“, y es este punto el que primero nos debería hacer reflexionar: ¿estamos en situación de “paño caliente” o, por el contrario, se impone un discurso más beligerante? Personalmente, soy de la segunda opinión, más si pensamos que hay un sólido razonamiento de base que lanzar y que se señala indirectamente en la carta: en nuestro país, desgraciadamente, estas formas de la cultura y los recursos que consumen son el extrarradio de cualquier presupuesto municipal, autonómico o nacional; siempre lo han sido y previsiblemente lo seguirán siendo, salvo que sea el propio compromiso de los gobernantes con la cultura el que ascienda en una medida que resulta difícil imaginar (y, obviamente, que la forma de hacer política permitiese que unos gestores comprometidos pudieran meter mano, un sueño todavía más lejano). Así que probablemente deberíamos tomar conciencia de que la crisis (si es que podemos llamarla de este modo) no obliga a los que debería, sino que sólo las víctimas son las que están arrimando el hombro, mientras los causantes del despropósito siguen con sus bolsillos intactos, y en muchos casos, incrementando beneficios. Por eso, la resignación y la aceptación del ya lugar común “todos tenemos que colaborar” son aspectos bastante peligrosos en un contexto en el que el ciudadano se encuentra tan desarmado y a merced de manejos tan lejanos a sus intereses reales.

Sin embargo, en ese segundo párrafo sí se da una clave importante:

[...] “queremos manifestar que en nuestra opinión, desde un punto de vista estrictamente cultural –el único que nos interesa-, es menos lesivo recortar “segundas” de Brahms y “segundos” de Rachmaninov, o sea, obras frecuentadísimas, que cortar las alas a la imaginación, la originalidad y la información sobre lo nuevo que supone la programación de la OCAZ. Nada tenemos contra el gran repertorio, que amamos y necesitamos, pero éste está mucho mejor atendido en los auditorios que el camerístico o el contemporáneo y la OCAZ, que hace música de cámara y contemporánea, viene cubriendo un repertorio tan hermoso, tan lleno de obras maestras y tan desatendido por las programaciones al uso (pues son obras de plantilla demasiado “pobre” para ser incluidas en los programas sinfónicos y demasiado “grande” para la mayoría de los ensembles camerísticos) que no es extraño que haya invitado a mirar hacia el Auditorio de Zaragoza a profesionales de la música y a aficionados de cualquier parte cuya inquietud cultural hace que no se conformen con la reiteración del repertorio más trillado, y les mueve a descubrir nuevas obras y a ampliar el repertorio conocido de la música moderna.”

En esencia, una denuncia sobre esa política de siempre, que inexorablemente nos circunda, debe contemplar esta visión sobre el “gran repertorio”. La idea de que éste será salvado a-costa-de-lo-que-sea se impone una y otra vez; resulta una obviedad pero no por ello debe dejar de señalarse y argumentar en torno a ello. En definitiva, unas formas de programar que supuestamente son las correctas, que son “lo que está demostrado que vende”. Y con las que el gestor puede justificar la continuidad de un “bien cultural” del que muchas veces conoce poco más que su cuenta de resultados (claro, siempre salvando honrosas aunque escasas excepciones). Desde esta perspectiva el público pagará sin pestañear por un nº 2 para piano de Rachmaninov, pero difícilmente podremos colocar un Lachenmann o un Xenakis –y menos aún- alguna producción española reciente. Esta es la cantinela imperante, la que debemos aceptar sin más. Así, cuando en la carta se habla de un público con inquietud cultural, no se está apelando a la entelequia o a un tópico sobre evanescencias, sino a una realidad. Lo que ocurre es que ésta es cuantitativamente pequeña y encaja mal en esa cuenta de resultados que parece cada vez más un elemento omnipresente y transversal en nuestras vidas (también en las del ciudadano, cuya economía, cuando conviene, parece que debe ser asimilada con la forma de manejar el Estado o la gestión de una empresa).

Y en la frase final de este párrafo se encuentra una lógica que no puede perderse de vista si queremos elaborar cualquier forma de denuncia de la situación actual: es incuestionable que el repertorio debe existir (¡e ir evolucionando, por cierto!), pero también que su existencia, per se, no garantiza nada más que un adocenamiento calculado, en el que no se busca un público crítico (¡también con la obra de repertorio, caramba!) sino suavemente adormecido en el dulzor de los arpegios del Mi Mayor del Adagio sostenuto del citado concierto de Rachmaninov.

Sobre la conformación del repertorio se puede escribir mucho –y más que se debería-, porque, por ejemplo, no deberíamos olvidar tiempos no tan lejanos donde Mahler, en este país, se “entendía” poco y mal. Todavía recuerdo algunas salidas de conciertos, allá por los 90 (uno va cumpliendo años, qué se le va a hacer), donde esa recién establecida clase media de cultura media o medio-alta salía de un concierto sinfónico en el Auditorio Nacional diciendo “este Mahler no está mal, pero, de repente, hace una cosa que me despista; no lo entiendo mucho, la verdad…” (¡bendito Mahler y sus “rarezas”!). Y cómo este autor “incomprendido” ha pasado –a fuerza de tiempo, escucha y alguna ayuda de Visconti y cierto marketing de Alfonso Guerra en sus tiempos de gracia- a ser un habitual del repertorio orquestal. Eso sí, con confusión clamorosa entre medias al asociársele con la ópera de Hindemith, a base de esa memorable expresión informativa que nos sacó una triste carcajada a más de uno: ”Se va a estrenar en España la ópera ”Mathis”, de Mahler”, que algún medio o personalidad (no recuerdo bien) nos regaló sin despeinarse.

Porque la idea es que es ese mismo público –la “gran entelequia”, esta vez sí- el que, de vez en cuando, despierta y demanda otras cosas; la sorpresa bien dirigida siempre será productiva y generará esa situación que hace que el arte permanezca aún vivo. La escucha repetitiva de la misma genial sinfonía de Mozart por los mismos intérpretes sólo activará el silbido bajo la ducha o camino de vuelta del trabajo, poco más. Un disfrute muy respetable pero que se antoja extremadamente pobre –e injustificado en las programaciones, también desde el punto de vista económico- en una sociedad como la actual cuya madurez –como el honor de los que hicimos la “mili”- “se le supone”.

Así pues, parece que no queda más remedio que articular la protesta en unos términos de gravedad no conocidos hasta ahora, y sin perder de vista algo que tiene enorme importancia: ser conscientes de que lo ganado en tanto tiempo no deja de ser de mínimos y, consecuentemente, poco podemos perder aunque –al menos de vez en cuando- alcemos la voz sin temor a dejarnos nada en el graznido.

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