27 Festival de Música de Alicante: asentarse en tiempos de crisis

La inauguración del festival, a cargo de la Orquesta Nacional de España, dirigida por Nacho de Paz, convoca numeroso público en el nuevo Auditorio de la Diputación de Alicante, y parece ser un buen síntoma para el futuro del ciclo.

E20110920_fest-alicante2011l pasado viernes 16 de septiembre comenzó la 27 edición del Festival de Música de Alicante, uno de los ciclos dedicados a la música contemporánea con más solera de nuestro país, y que puede considerarse como la propuesta de carácter nacional más importante para la música de nuestro tiempo. Uno de los problemas que se achacaban más frecuentemente a este ciclo era su escaso impacto en la actividad cultural de la ciudad donde se celebra, algo que parece que va superándose en las últimas ediciones. En la actual, la coincidencia con la inauguración de facto del Auditorio de la Diputación de Alicante, con un despliegue en lo relativo a difusión del evento que ya empieza a verse como realista para la magnitud y objetivos del festival, parece dar frutos en forma de una muy numerosa afluencia de público, y lo que es más relevante, un público variado y con un porcentaje alto en el local y no especializado, aspiración imprescindible para cualquier festival de música de nuestro tiempo que aspire a tener una mínima proyección más allá de lo endogámico. Y el cuidado sobre estas cuestiones se convierte en esencial en unos momentos en los que, en plena marejada de recortes, todo proyecto cultural público observa atentamente su línea de flotación, mientras lanza la vista al horizonte en busca del temido torpedo.

Lo cierto es que el nuevo auditorio pide a gritos ser degustado, y los conciertos programados este fin de semana en el marco del festival, a cargo de la ONE, sin duda han tenido su peso a la hora de convocar público. Se trata de un recinto de altos vuelos, con una excelente acústica y un gran aforo en su sala sinfónica, que puede albergar a 1.500 espectadores. Si a esto sumamos una arquitectura atractiva y unas infraestructuras que se adivinan potentes (numerosas salas “técnicas”, de ensayo, pruebas, además de salas de exposiciones, conferencias, una sala de cámara con capacidad para 320 espectadores, etc.), parecía fácil convocar al cuerpo cultural alicantino a su puesta de largo. Son precisamente estos momentos los que un festival como el de Alicante puede aprovechar para abrirse a la ciudad. Y en este caso, se puede decir que con un considerable éxito, teniendo en cuenta, además, que no se trata de conciertos gratuitos, aunque el coste de las entradas sea bajo y disponga de descuentos para mayores de 65 años y jóvenes hasta los 26. Quizá el cambio de nombre del festival, que suprimió hace algunas ediciones el término “contemporánea”, alineado en la tesis ya generalizada de “no asustar al personal” innecesariamente, pudiera resultar positivo si lo vemos desde una óptica en la que el calificativo poco importa si la calidad se impone. Aunque, por supuesto, esta teoría no debería nunca llevar a la relajación de los programas en su carácter innovador o a imponer una doctrina de índole estética. Una cosa es el nombre y otra muy diferente el contenido artístico.

Respecto a la música que pudo escucharse, como hemos indicado, el protagonismo fue de la Orquesta Nacional de España, dirigida en ambos conciertos de viernes y sábado por Nacho de Paz. Nuestros lectores habituales saben que no acostumbramos a hacer crítica en este espacio, y no lo haremos tampoco en esta ocasión. Pero sí podemos decir que los programas estaban articulados para buscar el equilibrio entre la creación más reciente y obras más cercanas al concepto tradicional de “repertorio”, como el caso de la Sinfonía nº 15 de Shostakovich y la primera obra orquestal de Gubaidulina, Fairytale Poem –el viernes- o la Fantasía para cuerdas de Henze y la Sinfonía nº 3 de Lutosławski –el sábado-. En el capítulo de música española, hay que destacar tres obras en estos conciertos orquestales de arranque de festival. El viernes, El vuelo de Volland, pieza encargada y estrenada en 2000 por la ONE, que discurre inspirada por la novela El maestro y Margarita de Mijail Bulgárok, y que confronta –según comenta el autor sobre su materia estilística- “paquetes de sonidos casi puntillistas con grandes líneas sostenidas que sustentan el principal conflicto formal de la composición“. El sábado, se pudo escuchar uno de los siete encargos del festival, Bennu, de Jacobo Durán-Loriga, obra de construcción sólida que toma la sugerencia del Libro de los Muertos, centrándose en el dios-pájaro que da título a la pieza orquestal, que correspondería al origen del Ave Fénix, y cuyo canto marca, según el mito, el inicio del tiempo. Después de esta pieza se escuchó la colorista Alter Klang, de Benet Casablancas, obra que se inspira en el cuadro Abstracción sobre fondo gris pintado por Paul Klee en 1925, muy pegada a la herencia sinfónica centroeuropea, y que ha resultado una de las piezas orquestales más interpretadas del compositor desde su estreno en 2006.

Las “otras” propuestas: música de cámara, arte radiofónico, instalaciones, ópera…

Pero el Festival de Alicante no es sólo materia orquestal, ni mucho menos. Y es quizá en estos conciertos, arte radiofónico y actos performáticos donde un festival de este tipo puede –y debe- volcarse en la muestra de la realidad musical de nuestro tiempo, sin concesiones y con la apuesta firme porque esa realidad sea lo más extensa posible. En este sentido, el ciclo siempre ha intentado equilibrar el concierto “sinfónico” con propuestas de un formato de menor dimensión pero que, como la historia se ha encargado de demostrar, no tienen por qué ser menores en su calidad artística y en peso estético.

En este caso, los lugares marcan estas propuestas: programas breves en el Centro Cultural “Las Cigarreras”, al hilo del II Encuentro Profesional de Música Contemporánea (experimento de feria sectorial que parece que va tomando fuerza desde su creación en la pasada edición), donde se han podido escuchar –entre autores ya consolidados- a los jóvenes galardonados del Premio “Promoción de estrenos para jóvenes compositores” que ha convocado la Academia de Música Contemporánea de la JONDE  este año por vez primera, además de la Sección Panorama protagonizada por el Colectivo ECCA (Escuela de Composición y Creación de Alcoy). Espacios como el Museo de Aguas de Alicante, con una instalación sonora y visual. O, el martes y jueves, la fonoteca de la Casa Bardin, donde se podrán escuchar las obras radiofónicas de Dmitry Nikolaev y Carlos Duque.

Nos queda reseñar uno de los platos fuertes: la ópera de cámara Vanitas de Salvatore Sciarrino, una producción del Teatro Real que llegó al festival alicantino el domingo en el escenario del Teatro Principal, con el mismo montaje que pudo verse en la Sala Gayarre del teatro madrileño en mayo del pasado año. No nos extenderemos aquí sobre este montaje de la obra del músico siciliano ya que dedicaremos un artículo próximamente en la sección ZOOM de nuestra revista. Pero sí cabe felicitar al festival por esta política de reposiciones –cada vez más frecuente, por fortuna, en diferentes ámbitos- que permite que las producciones no mueran en el estreno y puedan ser disfrutadas en otros contextos y lugares.

En definitiva, la dilatada carrera del Festival de Música de Alicante continúa, con una respuesta de público que augura que se mantendrá en el futuro. O así debería ser.

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