Sin voz me quedo ciego

Crónica sobre “Geblendet” (Cegado), teatro musical basado en cinco obras contemporáneas que ha cerrado el ciclo operadhoy 2012 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, con dirección escénica de Thierry Bruehl y música interpretada por el cuarteto de cuerda Sonar.

Q20120617_geblendet-teatro-zarzuela-operadhoyué difícil es contar algo nuevo. Algo para lo que aún no tenemos palabras. Para lo que no hemos sido edu- cados. Ahora que los poetas nos han abandonado, ¿quién dará nombre a las cosas? ¿Quién las calificará? ¿Quién nos dará los elementos para estudiarlas, disecarlas, clasificarlas y juzgarlas? Pues no son los científicos ni los historiadores, que viven de las universi- dades, tan cargados de prejuicios, mirando al pasado y a la regla, los que serán capaces de dotarnos de un nuevo lenguaje. Tampoco los críticos. Ni los estudiosos. Ninguno de ellos será capaz de recuperar el lenguaje para que hable de nosotros, los seres humanos.

Cegado y mudo. Así se queda el público y la crítica con ese intenso blanco que cubre el escenario del Teatro de la Zarzuela donde el pasado fin de semana se representó Geblendet (Cegado), obra que ha clausurado el ciclo operadhoy 2012. Luz que ciega al público que ha acudido a la llamada. Algunos se conocen y se saludan. Forman parte de la misma parroquia. Un grupo de señoras, con pulseras, descubren sentadas que lo que van a ver no es una zarzuela; más tarde se les escapará una risita nerviosa ante el comentario que hace una de ellas entre pieza y pieza: se acuerdan de alguna malévola compañera que les recomendó la obra. Pero hasta ellas se callan. Ese es el poder de una obra bien medida para la que no se tienen palabras. Sólo hay que leer las críticas. Se recrean en la historia del espectáculo, en nombrar a los que lo hicieron, en justificarla a través de sus compositores y autores, de calificar la técnica vocal de los cantantes y el actor o la calidad de la interpretación musical del cuarteto de cuerda Sonar. Aspectos claves para que un espectáculo, del tipo que se llama “contemporáneo”, funcione. Pues sin esta calidad, lo nuevo, lo desconocido, se rechaza. Al ser algo que no se sabe como masticar, deglutir, asimilar (¿dónde están los poetas que nos lo cuenten?) al menos podemos comentar sus cualidades organolépticas.

Todo es sencillo y simple. También austero. Pocos elementos en escena. Pocos personajes. Algo más de movimiento. Un niño, un adulto y un anciano. Todos hombres. Que se mueven por el escenario a la manera de planetas pertenecientes a la misma galaxia. La galaxia Edad. Como tres gracias en el jardín del tiempo. En un espacio en blanco. Tiempo blanco. Voz blanca. Un “antes” que juzga como “durante” pasa a “después”. Todo a la vez. En un paradójico mismo tiempo. Ese “antes” educado a borde de pupitre donde pasa hojas de un libro que lo maleduca igual que ahora se (mal)educa jugando al fútbol. Donde el placer auditivo insiste en la radio antes de que la ansiedad contemporánea mueva el dial. Donde la música del pasado no empieza ni acaba. Sucede y se interrumpe o la interrumpen. Sonidos del pasado que conforman un presente. Más persistentes que la vida.

Compleja sencillez que exige atención. Que confunde aplausos entre piezas ensambladas a la manera de los dramaturgos modernos. Donde Bernhard y Joyce ponen notas a pie de página que, tal vez, se deberían llamar notas a la cabeza de la página. De nuevo, el folio en blanco que iluminado, ciega conciencias y las incapacita para escribir y reescribir, pensar y repensar ideas, en un mundo en el que algo hay que decir. Poner una voz humana a pie de página. Una voz que desea y que gasta palabras cantando. Palabras perdidas. Voz desperdiciada de cantante. Donde el ruido se amplifica ante espectadores muertos. Y en el escenario, autores que disparan a matar pero que no dejan morir, disciplinadamente, igual que el cuarteto de cuerda que pone música a sus palabra, a sus balbuceos, a sus ruidos.

Suene la música. Suene el ruido. Suene yo. Resueno yo. ¿Cómo me llamo? ¿Cómo me nombro? La imposibilidad de ser yo. Sonar a mí. Sonar. Producir ruido. Gastar la voz. Perderla. Y sin voz para decir, uno se vuelve ciego. Está cegado. Es un espectador muerto. Tal vez, moribundo en un teatro dorado, el de la Zarzuela, donde Geblendet trata de traerlo a la vida, en un escenario blanco. De hospital. De Unidad de Cuidados Intensivos. Un médico esperando que respire su paciente. Que recupere la voz. Abra los ojos y cante. Los cantantes siempre se llevan a las mujeres bonitas. Desperdicie y gaste la voz en un tiempo en crisis que juzga el paso del tiempo. El nuevo tiempo de los seres humanos que necesita una voz crítica para decir: envejezco, muero.

Referencias

Creative Commons License

Etiquetas:, , ,

PARTNERS

Publicidad

Nube de Tags