“HARLEKIN”, una nueva noción de intérprete musical

El clarinetista argentino Marcelo González nos relata su experiencia en el montaje de la obra “Harlekin” de Karlheinz Stockhausen, trabajo que realizó en colaboración con Suzanne Stephens y el propio compositor durante su estancia en Kürten en 2004.

E20100228_harlekin-marcelo-gonzalezn el año 2004, recibí de manos del compositor Karlheinz Stockhausen, el segundo premio a la mejor interpretación de su obra, por la ejecución de Harlekin. Éste gratificante momento estuvo rodeado de una serie de inolvidables experiencias que hoy quiero compartir a través de este artículo.

La obra Harlekin escrita en el año 1975 por el compositor alemán Karlheinz Stockhausen, es , quizás, una pieza única en cuanto al tipo de compromiso que requiere del intérprete; un compromiso absoluto con la producción de cada sonido, involucrando mente, cuerpo y espíritu.
Efectivamente, en sus 45 minutos de duración, el clarinetista, vestido con un atuendo de arlequín, debe no solo tocar la obra de memoria, sino, además realizar una coreografía, un ritmo con los pies, pantomima, etc., recreando de esta manera el legendario personaje de la “comedia dell’arte”.
En uno de los textos de programa, Stockhausen escribe: “La figura tradicional del arlequín renace bajo una nueva forma: la del clarinetista. El arlequín es ahora un músico en la acepción total de la palabra”.
Tal es el desafío que el compositor propone al intérprete: dar un paso más en el desarrollo de sus habilidades.

Mi historia con Harlekin se remonta hacia el año 1992 aproximadamente, cuando supe de la existencia de “una obra para clarinete solo de Stockhausen”, gracias a un amigo quien además me facilitó la grabación. No resultaba sencillo entonces acceder a la partitura, por lo que debí esperar a que alguien viajara a Alemania para poder conseguirla. Cuando tuve ante mí la tan ansiada partitura del Harlekin, fue un absoluto desencanto en cuanto se me presentó como algo imposible de llevar a cabo; saber que debía tocar “semejante obra” de memoria, mientras danzaba… (¡¡¡Aún recuerdo las graciosas conversaciones que sosteníamos con mi amigo imaginándonos como me vería vestido de arlequín y bailando en el escenario!!!). No voy a negar que memorizar una obra de 45 minutos, pareciera, a priori, algo sino, imposible, al menos extremadamente dificultoso y amedrentador. Pero una gran cantidad de experiencias ocurridas posteriormente fueron dándole otro rumbo a ese “destino” que me había autoimpuesto y que se había materializado en el acto casi instantáneo de guardar la partitura en un cajón…
Estas experiencias comenzaron en el año 1998, asistiendo por primera vez a los Stockhausen-Kurses-Kürten, sobre lo cual hablé en un artículo anterior. Cada presentación de las obras de Stockhausen que cotidianamente se realizaban en los cursos iban metiéndome en ese particular mundo. Podía percibir que en su gran mayoría, los intérpretes eran concebidos como “manifestaciones” de un espíritu determinado, yendo más allá del concepto tradicional de “teatro musical”. Tres clarinetistas habían realizado sus versiones del Harlekin: Barre Bumann, Rummi Sotta Klemm, y Roberta Gotardi. Esto resultó también tremendamente estimulante, en cuanto pude seguir muy de cerca el proceso de preparación de esta obra.
Ya durante mi presentación de Der Kleine Harlekin en los cursos del año 2000, y luego de conversar con Suzanne Stephens, la decisión de comenzar con Harlekin estaba tomada. Incluso ese mismo curso comencé con los cuatro primeros pentagramas de la obra trabajándolos con Suzanne.
Tomar la decisión de comenzar el estudio de una obra de estas características me puso inmediatamente en un estado particular, en el que sabía que cada paso, cada gesto musical, debía necesariamente estar unido en un sólo movimiento corporal que, realmente, vuelva visible cada evento sonoro. Un estado especial, necesario para sostener una “extensísima onda sonora” de 45 minutos de duración.
Fue así que comencé lentamente el trabajo sobre Harlekin, en una construcción cotidiana, hilando nota por nota, memorizando cada compás, cada sección, cada movimiento, cada gesto. Esa impresión amedrentadora que a veces imponía Harlekin se resolvió reflexionando acerca de mi rol como intérprete. Cada obra del repertorio actual que vengo abordando desde 1993 responde a una fuerte necesidad de evolucionar como intérprete. Nunca pasaba por mi cabeza entonces, pensar “cuanto tiempo me llevaría estudiar tal o cual obra”, sino si la obra tenía un sentido para mí; entonces tendría un sentido para el público. El Harlekin, como dije, resultó un caso especial, ya que me puso al límite de mis posibilidades.


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