Mortiertiana

[UNA TEMPORADA EN LA ÓPERA]
El estreno de Krŏl Roger de Szymanowski con dirección musical de Daniel y escénica de Warlikowski da pie a una reflexión sobre el modelo de cultura operística de Mortier, a la que se califica como “mortiertiana”, con la intención de ofrecer significados que permitan una experiencia y acciones contemporáneas.

S20110511_el-rey-roger-teatro-reale estrena Król Roger como un auténtico Mortier. Un aperitivo de lo que nos espera la temporada que viene, pues ya se ha asumido que esta temporada 2010-2011 no es auténticamente suya. Olvidan Evgenij Oneguin o Rise and fall of the city of Mahagonny. La reacción no se hace esperar. Están los que saltan a cualquiera de sus auténticas propuestas. Y están los que lo defienden, aunque entrelíneas se lee la misma crítica que en los primeros. Y entre ambos crean un estado de opinión arreflexiva que hace que el público, como el perro de Paulov, aplauda al coro, los cantantes y al director de orquesta. Pero abuchee al director de escena, que tiene la valentía de defender su producción todas las noches saliendo a saludar. Al menos no abandonaban la sala como hacían los parisinos que asistieron a las representaciones del mismo montaje en la ópera de Paris en temporadas pasadas.

En esta situación habría que preguntarse cuáles son los rasgos de un auténtico Mortier. Y la respuesta, atendiendo a lo que se intuye, sería una ópera más o menos conocida de influencia alemana, tal vez francesa, tal vez, centroeuropea. Habitualmente, alejada de la verista ópera italiana. Montada por un director de escena que se atreva a hacer una lectura en términos contemporáneos de la obra que se representa. De ser así, Króll Roger es una obra canónica del auténtico Mortier. Tal vez la que confirme a la ya encendida platea a no renovar  sus abonos para la nueva temporada. La verdadera primera temporada mortiertiana (que, por cierto, suena a mozartiana).

Sin embargo, no se debe ser tan obtuso. El excesivo montaje de Warlikowski, director de escena recientemente aclamado y premiado en España por su Věc Makropulos, también en el Teatro Real, llama a desmelenarse. A agitar la cabeza para deshacerse de esas clasificaciones con las que nos han enseñado a mirar, ver y escuchar que aprisionan nuestros sentidos y nuestra comprensión. Solo así se puede tener una verdadera y real experiencia operística contemporánea. En el sentido de una experiencia de hoy en día con una historia que sucede en el siglo XII, pero que fue escrita en el convulso siglo XX.

Peiró, experto en factores humanos, cuando habla de cultura suele usar dos referencias. Una es la de Geertz, para el que la cultura es la fábrica de los significados a partir de los cuales las personas interpretan su experiencia y guían su acción. Y otra es la de creencia de Ortega y Gasset, en la que se vive implícitamente, a la que no se cuestiona y a la que se considera natural, desarrollándose una fuerte presión social para que no haya cambios.

Atendiendo a estas definiciones se entiende la frustración del público. Creyentes de que el estudio, la crítica y el disfrute de la ópera tienen que ver con sus aspectos técnicos se pierden cuando este ya no es el driver, la dirección, para entender, explicar y disfrutar del espectáculo. Y es raro que se mantenga ese discurso cuando las producciones del Teatro Real tienen una calidad mínima en lo técnico.

El disfrute de la ópera está hoy en día en los significados que produce, que guían la experiencia y las acciones de los asistentes al espectáculo. Por eso Warlikowski no duda en acudir a las referencias artísticas más cercanas y aceptadas que tenemos y que, ingenuamente, cree que comparte el público operístico urbi et orbi, llenas de significados claros por mucho que el común lo niegue, como niega el peligro una avestruz. Un público al que se le considera cultivado por preferir este no tan viejo arte teatral frente a otros más modernos como puede ser un partido de fútbol, cosas que no son incompatibles. Olvidando que una persona vaya a la ópera no significa que acuda a los museos de arte contemporáneo, ni que no sea el mayor hooligan sobre la tierra.

La opción elegida consiste en dotar de significados contemporáneos a la historia de un rey y una reina que sucumben a la influencia de un santón en el siglo XII, contra el deseo de su pueblo y de los líderes religiosos, pero con el beneplácito de sus cortesanos que ven en esta adicción la forma de manejar a los soberanos a su antojo, siempre que les aseguren su chute. Es cierto que la comprensión no es inmediata. El trabajo, basado en lo emocional y lo sensitivo, lo mismo que el libreto (por cierto, nada críptico como se ha dicho, sólo hay que leerse la edición del propio teatro) y que la música (percibida a pesar de la orquesta y su discutible dirección) causa desasosiego, inquietud, al enfrentarnos a algo que solemos describir con la frase cursi de “más grande que la vida”. Eso que es el misterioso ser humano que pudiendo ser libre, responsable de sus actos, se encadena voluntariamente. A una droga, a una secta, pero también a un sistema religioso o político, a una persona, a una forma de hacer, a una forma de interpretar el mundo esperando, como los drogadictos, que se vuelva a producir la misma sensación que la primera vez, buscando sin descanso esa primera vez, en la que no había experiencia, ni conocimiento. Evitando pues, ser más sabio. Pues vive confundido ya que el resto de adictos que comparten la misma creencia, la misma cultura adictiva, lo reconocen como sabio, aunque no lo es. Y no van a permitir que lo sea rechazando el cambio, la herejía.

Ahora el público es soberano. Lo sabe. Pero no reconoce esa adicción que tiene, esa afiliación a la secta que comparten expertos, críticos, audiencias y aficionados. Ni reconoce esa presión social que ejerce para mantener sus creencias de cómo debe ser un espectáculo de ópera. En esa batalla olvida mirar. Mirar alrededor y al escenario. No importan las ideas. Las ideas son algo que se tienen y de lo que uno se puede despojar (Ortega y Gasset de nuevo). Lo importante son las creencias. Establecidas en el terreno de la fe y de la vida. Inasibles al razonamiento. Mantenidas férreamente por presión social. Y así, hasta los soberanos, como el Rey Roger, nos parecen locos. Warliwoski un descerebrado. Pues una performance de pequeños Mickey Mouses danzantes al borde de una piscina de Los Ángeles no tiene sentido. Y una supuestamente aceptada y conocida película de Warhol, solo sirve como dato, al que no se le pueda dar ningún significado o incluirlo en un discurso, elaborado, estructurado.

Hay, pues, que dar la bienvenida a las reales temporadas mortiertianas (que, como ya se ha dicho, suenan a mozartianas) que sabe que Hoy el rey es un vagabundo…/Un mendigo que extiende unas manos que/anhelan el don de una limosna ocultando/su corazón vacío con harapos/de sueños destrozados… (Iwaszkiewicz, El Rey Roger – Acto III)

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