La Orquesta Foco con Ilan Volkov

Presentamos esta reflexión escrita por el músico improvisador y poeta, Ildefonso Rodríguez, que narra la experiencia del encuentro entre la Orquesta Foco y el director israelí Ilan Volkov, en la edición 2011 del Festival Hurta Cordel celebrado en La Casa Encendida de Madrid.

E20110319_orq-foco-ilan-volkovn una entrevista, Butch Morris explica su pensamiento con una iluminación improvisada. Está en una hermosa plaza de Italia, señala a un edificio y dice: “Los ladrillos de ese edificio son como los de cualquier edificio del mundo, el ladrillo se emplea del mismo modo, pero de un país a otro, de una cultura a otra, parece diferente. Como el sonido de una ciudad es diferente en cada cultura y lugar del mundo”. Se vuelve y señala a los músicos que esperan sentados a que termine la entrevista. “Lo más importante es el sonido personal que trae consigo cada músico. Yo trabajo con ese material, controlo la estructura, los músicos me dan el contenido”.
Pertenezco a la orquesta de improvisación FOCO desde que la fundamos, hace ya unos quince años; es una de las  más antiguas de Europa, Aquel primer encuentro gozoso, llevados a la ilusión por Peter Kowald, una manada de libertarios groovin’ high.  Peter Kowald, paseante y nómada, buscando senderos en medio de la orquesta. Todos los que nos han conducido a lo largo de tantos años se merecen epítetos homéricos: Wofgang Fuchs, el taciturno, Steve Beresford, el más British, la inteligencia musical relajada, David Tucker, el gran rockero,  Walter Thompson, el circense, Olivier Benoit, el abismado, Michael Fisher, que hace vivo el orden, William Parker, el brujo fatigado, Keith Tippett, el más hippie… Todos ellos (hasta ahora no hay femenino, habría que cambiar eso) nos han ayudado a crecer como orquesta (somos alrededor de unos ventitantos, depende de las ocasiones). Pero si hubo una ocasión, el kairós fundante, fue la conducción de Butch Morris, la primera de las que se continuarían cada festival Hurta Cordel en la Casa Encendida. Por eso se abrió este testimonio con las palabras de Morris, para reunir dos cabos: aquel de hace ya años con el último conductor, el de hace unos días, Ilan Volkov.
Pues resulta que los dos cabos se anudan con modos paradójicos. Los ladrillos a los que se refería Morris podrían ser vistos también como sus conducciones, que él va numerando y alcanzan cifras de dos centenas. Volkov se estrenó como conductor de música improvisada el otro día con la Foco (lo primero que nos dijo, antes de nada). Esa fue su conducción Nº 1. Morris (sus zapatillas de mandarín chino, su gamelán Ligeti, su bailecito colgado de la batuta) responde a los estereotipos del director de clásica, severidad, meterse a los músicos en un puño (aunque luego sea tan riquiño, como siempre nos recuerda Chefa Alonso, que ha disfrutado a fondo con varias de sus conducciones). Volkov es, ante todo, director de “clásica”, sus Novenas, sus Nonos. Y para la Foco no trajo la batuta, le bastó con abrir un espacio de libertad compartida. Lo dejó muy claro desde el primer momento: “Aquí no habrá prohibiciones. Eso ya tengo que hacerlo en mi trabajo diario”. Y se metió con ganas y alegría en su nueva experiencia, como si estuviéramos en aquella Revista Musical que se estrenó en Buenos Aires por los alegres veinte: De la lira al saxofón.
Aquí terminan las comparaciones. Se venía simplemente a decir que al Padre Fundador de la Conducción Libre y al neófito les une, por encima de las diferencias (qué joven es Volkov, medio nene prodigio) el ser ambos excelentes músicos y transmisores de comunicación musical.

Claro que teníamos reservas, desconfianzas, cuando Ricardo Tejero nos habló del tipo y de su interés por venir a conducirnos. ¿Uno de clásica? ¿Y nuestro jazz?, nos preguntábamos los del free, los que pensamos que a la improvisación libre el jazz le ha dado lo mejor que tiene: “espontaneidad, combustión, focalidad, motivación…” (otra vez Butch). ¿Y traerá muchos papeles? Ya tuvimos papeles el año pasado, con el amigo Tippett, ya sabemos lo abrupto que es para una orquesta de improvisación pararse para ajustar la partita de una sección. Pero, ¿no somos improvisadores? Hay que arriesgarse. Lo hicimos.

Mereció la pena. Ojalá, nos dijimos desde el primer momento, hubiera más Volkoves, capaces de considerar muy en serio la música que pueden hacer los improvisadores libres (semilibres, si están conducidos, qué bien si están bien conducidos), y eso hacerlo desde una educación musical “académica”, “clásica”, etecé. El que la improvisación sea una actividad naturalmente antisistema (sistema musical hegemónico, mercadotecnia, poder) no nos debería convertir en parias a los improvisadores.

Ilan Volkov es un indagador, no limita su mundo. Sabemos que en Tel Aviv tiene formado un trío de improvisación (dos violines y una batería) y que junto al saxofonista Assif Tsahar programa el club Levontine 7, donde pasan cosas mezcladas.

Disfruta con lo que tiene ante los ojos y oídos. Disfruta hablando, contando. La inteligencia y el apasionamiento a la hora de contar: así nos enteramos de que, entre sus ídolos están Jimmy Hendrix y Sun Ra; el jazz es Sun Ra, nos declaró. Esto no se lo he oído decir por aquí a casi nadie (y me estoy refiriendo a los músicos de jazz). Inimaginable, parecía, que el director que maneja las voces de la Novena en una viñeta de Youtube conozca y quiera con pasión la obra de Sun Ra. Pero es que las cosas han cambiado mucho desde aquellos Titanes de la Dirección, nos comentó (le cité el texto de Canetti sobre el director de orquesta: “No hay expresión más vívida del poder que la actividad del director de orquesta”; no se vio ahí retratado).

En una entrevista le oímos defender la individualidad del músico por encima de la disciplina de la sección. Y la naturaleza común de las diversas tradiciones musicales, que formarían un solo cuerpo, frente a la división artificial de los programas por géneros y épocas.

Bien, todo eso le oímos decir antes y después de tenerle frente a nosotros, los sentados con los instrumentos en las manos (4 contrabajistas en pie, y el electrónico ante su mesa de chispas). Entonces empezó aquello, lo que esperábamos de él.

Se cumplió. Pues vimos que lo que esperábamos era lo mismo que él esperaba: pasarlo bien, disfrutar con la música de nuestros encuentros. Y, lo que es él, se lo pasó bárbaro (y nosotros con él: ese era el pacto, esa era la naturaleza de su trabajo y el nuestro). Con el añadido de que el público que llenó la sala en los dos conciertos se lo pasara, por lo que parecía, igual de bien.

¿Cómo lo hizo? Si el espacio de dirección es el habitual para él desde hace 17 años (la mitad de su vida), no era ése el problema. Sin batuta, sus manos son precisas para trasmitir oído y ojo a los que respondíamos. Se trataba de crear un espacio de libertad y riesgo. Escandir con gestos y señales que han de ser, ante todo, expresivas, sugerentes (nunca se trata de un código de una sola dirección). En las tres mañanas de ensayos vimos cómo iba evitando diversas tentaciones (o eran tentativas): la tentación Fluxus, el juego del azar, el de los collages… Sentimos cómo la orquesta iba ganando ese empaste que nos pone contentos, que nos impulsa a búsquedas personales en el colectivo. La señal más nueva era aquel reloj que componía (una especie de Don Tancredo frente al tiempo) con precisión y que le había copiado a Merce Cunningham. No era un reloj blando, funcionaba. Le vimos dedicar especial atención a las voces (un poeta y cuatro voces de mujeres), montarse su pequeña coral, mimarla por un ratito. Nos estimuló para que todos nos sintiéramos solistas dentro de nuestras secciones: “Levántate y toca cuando te entren las ganas”. A todos nos fueron entrando.

El resultado. En el concierto del sábado hubo un momento en el que ¿qué pasó allí? Era como si nuestro conductor estuviera perdido por los laberintos de la composición, como si anduviera buscando una partitura invisible. Fue algo muy emocionante asistir y colaborar a un instante de mundos cruzados (mientras la propia música seguía su curso: nunca hay que olvidarlo: la orquesta suena por sí misma).

Entonces, como hacen siempre los improvisadores, decidió correr un nuevo riesgo: romper la disposición de las secciones, saltear los timbres, dentro de lo posible. El corralito de las voces se expandió, se mezcló entre los demás. Fue un hallazgo: el concierto del domingo tuvo una fluidez nueva, hubo más sorpresas. Al terminar, su mayor alegría era que todos y todas, cada uno y cada una hubiéramos tenido nuestro lugar y nuestra ocasión. Se cumplió su propósito. Qué más cábalas hay que hacerse, qué más podemos pedir. Nunca deberíamos olvidar aquello que escribió Oscar Wilde: “En el arte, como en el amor, la ternura es lo que da la fuerza”.

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