El acontecimiento rutinario del pasado

[UNA TEMPORADA EN LA ÓPERA]
El Cyrano de Bergerac de Franco Alfano trae a Plácido Domingo, Ainhoa Arteta y Pedro Halfter al Teatro Real invocando el pasado de la ópera y olvidando su presente en la propuesta de Petrika Ionesco.

N20120520_cyrano-bergerac-teatro-realo se puede negar que Mortier es un hacedor de acontecimientos. Al escándalo de C(h)oeurs, le siguió la mediática Vida y muerte de Marina Abramovich y ahora le sigue un “plácido”, es decir, una ópera cantada por Plácido Domingo, cantante mediático donde los haya, en cualquier parte del mundo, y, sobre todo, en España, y más concretamente en Madrid. Hay quienes saludan esta variedad y diversidad. Pero, todo hay que decirlo, no es de esperar que se trajese a Mortier, y lo que cuesta, para que programase este Cyrano de Bergerac de Alfano que se ha podido ver en el Teatro Real. Lo que hace pensar a algunos que es una venganza frente a todos aquellos que piden menos modernidad y más ópera del siglo XIX al estilo del XIX en los escenarios, aunque Alfano y esta ópera sean del XX. ¿Y qué pasa cuando lo tienen? Pues que se aburren. Aunque no todos, ni si quiera la mayoría, pues hubo quien aplaudió incluso en los cambios de escena, que al estilo clásico dejaban el teatro en penumbra durante unos minutos, con el telón bajado, mientras se hacían cambios en el escenario. Los mismos que aplaudieron y aplaudieron cuando acabo la representación, tal vez intentando salir en los periódicos como la mayor ovación de todas las noches que Plácido está en la ciudad. Aunque faltaban los aplausos jóvenes, pues los más jóvenes brillaban por su ausencia.

Es cierto que viendo este montaje queda claro que ese sueño, acariciado por tantos aficionados a la ópera, de un pasado esplendoroso que pudiese volver, no es posible. Se olvida que aquella ópera era el producto de una sociedad, con sus códigos, su cultura, y que ya no se está en aquel tiempo. Aunque la mala educación recibida hace que muchos piensen en aquellos términos e intenten forzar al mundo a pasar por el aro para convertirlo en aquel. O lo que es peor, explicar el mundo de hoy como si fuera el mundo de ayer. Rotundo fracaso. La misma sensación de fracaso que se tiene al ver este montaje.

No es ya una cuestión de que Plácido cante bien o mal. Que haya perdido voz o no. Que se trate de un personaje apto o no para él. Guste o no la forma de cantar y actuar de Plácido Domingo, es indiscutible su lugar, el que tiene y ha tenido, en el mundo de la ópera y de la música. El debate no debería ir en ningún momento por esos derroteros, sino por la pertinencia de programar esta ópera y de hacerlo como se presenta en escena convirtiéndola en una ópera de tramoya y atrezo. Donde desde el último detalle hasta el primero se encuentran fuera de lugar. Del lugar de la vida contemporánea, lo que convierte esta representación en algo puramente cosmético. Donde los trucos se ponen al servicio de aparentar más que de mostrar. Y todo se vuelve rutinario. Rutina que infecta a los músicos, al director de escena y al musical, a los cantantes, al cuerpo de baile, al escenógrafo, etc.. Rutina que puede explicar el que el coro del teatro haya vuelto a momentos que hacía tiempo que no se le escuchaban. Nadie se deja la piel en este espectáculo. Y si se la dejaba, ni se veía, ni se sabía para qué.

Y bien sabe Dios (si siguiéramos con el tono de la obra) que Cyrano plantea ingenuamente algo que está al cabo de la calle. A saber el enfrentamiento entre la belleza física y la belleza intelectual y/o moral. Que leída en términos del planteamiento de la temporada actual sería cómo lo públicamente considerado bello, compromete la forma en la que íntimamente se vive esa belleza. Se olvida con frecuencia que las temporadas mortiertianas tienen un leit motiv que justifican la programación. A parte de que en la obra la belleza intelectual se confunde con la brillantez en el uso de las palabras, y la belleza moral con arriesgar la vida y la hacienda y, si es posible, perderlas, y no con ejercitarse en construirlas como propone Sloterdijk, para que el debate surja es necesario dar elementos, pistas, planteamientos al público. En una palabra “contemporaneizar”, resintonizar, la obra. Claro que entonces existe el riesgo de ser tildados de modernos (que rima y se parece a molesto). Pero eso es lo que somos, hasta que el tiempo haga su trabajo y nos convierta en los antepasados de otros molestos modernos.

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