Desde el Burger King de la plaza de Antón Martín

Una aproximación de Rodrigo García y Marino Formenti a la obra “A floresta é jovem e cheja de vida” de Luigi Nono que inauguró el festival de operadhoy 2012 en Madrid, a la que el autor del artículo se acerca como propuesta escénica sin entrar a considerar la obra del compositor italiano ni la manera en que se integra en el espectáculo.

L20120429_la-selva-es-joven-rodrigo-garcialegó a los Teatros del Canal el ciclo operadhoy, como antes llegaba al Teatro Albéniz (y como lo hará a la Zarzuela en su última propuesta del ciclo en junio). Inauguraba Luigi Nono del que ya no hay ninguna duda que es un clásico del siglo XX cuya sombra es alargada y actual. La obra escogida es La selva es joven y está llena de vida. Y los elegidos para hacérsela llegar al espectador han sido Marino Formenti, en la dirección musical, y Rodrigo García, en la dirección escénica. Tándem que ya funcionó en Gólgota Picnic la obra que Rodrigo García estrenó en el madrileño Centro Dramático Nacional (CDN) en 2011 en coproducción con Théâtre Garonne de Toulouse y el Festival de Otoño de París. Y que sigue funcionando urbi et orbi como se puede comprobar en la programación que se encuentra en la página de Web del director de escena o del propio CDN. Obra en la que Marino Formenti se sentaba desnudo al piano para tocar en su último tercio y sin interrupciones Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz de Haydn. Lo que venía antes y después era un grupo de campistas que sobre un monte Gólgota, representado por un escenario cubierto de pan de hamburguesas recién hecho, hacían digresiones sobre arte, religión, política y la propia vida. Una vida (de actor) puesta al límite por lo que hacían. Hechos que en primer plano, casi siempre, se proyectaban en directo en la gran pantalla que ocupaba el fondo del escenario.

Es importante traer a colación Gólgota Picnic para entender el trabajo desarrollado por Rodrigo García en este caso. Su acercamiento a la música clásica aunque se trate de música contemporánea. Decía en la introducción a su Gólgota lo siguiente: “Si pensamos en la noción de «espectáculo», es idiota por mi parte pedirle al público que escuche una obra compuesta de movimientos lentos y que invita al recogimiento. Pedirle eso a este público, gente como yo, que vive como yo, en una realidad de terror y de absurdo, en metrópolis absurdas y crueles, plagadas de imágenes vacuas, de sonidos brutales, víctimas todos del papel moneda, es una temeridad. Pero ¿cómo no hacer la prueba, cómo no proponer a la gente Haydn tocado cada noche en un gran piano por un intérprete como Marino Formenti?” Incluso ante esa duda y los consejos de no hacerlo que según él recibió, lo hizo. Paraba la obra, los textos, las acciones. Y sentaba a Fromenti, desnudo ante el piano, y la pieza se tocaba y se toca cada noche. En lugares donde los convocados no son melómanos sino los aficionados al teatro. Más aún, aficionados a un teatro que se plantea sus propios límites expresivos para moverlos, para no dejarlos quietos. Y en vez de usar la pieza elegida de forma incidental, fragmentaria, para subrayar estados de ánimo de los personajes o reforzar o ilustrar sus discursos, de una forma instrumental e industrial, se da cuenta, si se ha de hacer caso a lo que se cuenta del proceso que siguió durante el montaje, de que eso no es posible. De que la pieza sólo tiene sentido y da sentido a la obra cuando se la deja que tome el escenario y ocupe desde las butacas hasta el paraíso.

Es el mismo proceso teatral que ha usado Rodrigo García para hacer su aproximación a la obra “A floresta é jovem y cheja de vida” de Luigi Nono desde un punto de vista escénico. En el que la flexible Sala Verde de los Teatros del Canal se customiza para poner al espectador a la misma altura que la escena, los actores, la cantante y los músicos y entremezclado con ellos. La selva se representa encima de una mesa blanca, de las que se encuentran en cualquier gran superficie para una terraza o un jardín; un acúmulo de plantas verdes que dejan entrever cosas, como si de una selva se tratase. La imagen es de instalación artística. Donde todas las cosas acumuladas, desde el gato dorado que mueve su pata hasta los pequeños muñequitos para maquetas, son como interrogantes para el espectador. Como mensajes cifrados por el artista en un código aparentemente compartido que muestra su posibilidad de ser leído a la vez que resulta imposible leerlo. Al lado, otra mesa de iguales características, acogerá la parte de performance. Un gran barreño lleno de chocolate caliente de cobertura en el que se irán bañando distintos símbolos. Un baño que huele al rico chocolate y, un poco, al desagradable chocolate quemado. Antes y durante, los actores leen. Leen un posible cuento o historia corta de petite fille saucisson y sus amigas, seres globalizados, que acaban haciendo cola para comer una hamburguesa del Burger King de la plaza de Antón Martín. Selva, acciones y lectura que se oye pero que no se ve en escena, lugar donde se produce, sino en una proyección en vivo y en directo sobre la pantalla que ocupa el fondo (lugar donde los primeros planos atraen y ocupan la imaginación del espectador).

Lectura, situación, olores, escenario. Exigencia para los pocos espectadores que tienen acceso al espectáculo en una sala en la que las butacas se han reducido a un mínimo para que los asistentes se consideren seres elegidos. Pues el lujo no es para todos. No es para cualquiera. Una sinestesia que produce en el público una situación, una predisposición a la escucha de hoy en día, en cualquier caso, alejada de la planteada por Nono, en una obra inspirada en las guerrillas revolucionarias y resistentes del Vietcong y que pretendía animar los mismos movimientos allá donde fuere. Perdida esa referencia a su origen, Rodrigo escribe. Descontextualiza para contextualizar. Y hace escuchar a un puñado de músicos, soprano y actores vestidos de vacaciones, que entre fragmento y fragmento que les corresponde tocar se sientan o se tumban en el suelo. Relax de verano, tal vez, frente al Mediterráneo. Ese mar en el que parecen comenzar todas las historias, todos los viajes, al menos si se mira desde la perspectiva de un occidental. Un mundo viejo que mira, posiblemente desde la caduca Venecia, no sólo la de sus palacios sino también la de las bienales y su festival de cine, a una atemorizante joven selva asiática que, al contrario que dicha ciudad, está llena de vida. Y no hay nada que asuste más que la vida. Ni siquiera la muerte.

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