Un artista debería tener cada vez más de cada vez menos

[UNA TEMPORADA EN LA ÓPERA]
¿Qué se puede decir de la mediática Vida y Muerte de Marina Abramovic presentada en el Teatro Real de los compositores Antony, Basinski y Spajic, dirigida por Bob Wilson y protagonizada por la propia Marina y William Dafoe?

¿20120418_vida-muerte-marina-abramovic-teatro-realQué decir de un espectáculo del que ya se ha dicho todo y de todo? La marea mediática que ha rodeado Vida y Muerte de Marina Abramovic ha arrasado con cualquier posibilidad de establecer un discurso. El espectador se sienta. Ve y escucha. Sale a esa tierra anegada de información y opinión. Toma posición y dispara. Se siente en la obligación de disparar su juicio desde un bando. Las socorrida explicación de las dos Españas. Esta vez dividas entre los que les ha gustado la obra y los que no les ha gustado la obra. En esta situación, cualquier falta de respuesta es vista con sospecha ante este éxito. Éxito entendido en términos contemporáneos. Es decir, el cartel de no hay billetes para ninguna de las representaciones colgado antes de que se estrenase dejando en evidencia a todos aquellos que auguraban un rotundo fracaso. Tickets agotados. Un blockbuster teatral.

Es cierto, como se puede confirmar con abonados o aficionados que ocupan de forma regular las butacas del Teatro Real, y que han acudido a ver el espectáculo, que había mucha gente nueva. Con un cierto predominio, entre los nuevos públicos, de modernos y gays. Pero no sólo. Los habituales tampoco quisieron faltar a una cita que era un must. Y aunque la amenaza de Antony, el director musical y compositor (al a limón con William Basinski y Svetlana Spajic), no se cumplió, es decir, no se echó pegamento en los asientos para que la gente no pudiera escaparse, se resistió estoicamente y se aplaudió. Sobre todo, se aplaudió. Claro que se quedaron asientos vacíos en el intermedio, pero la desbandada era menor a medida que se bajaba de paraíso a butaca de patio. Hecho que seguro que tiene una explicación socioeconómica, como todo fenómeno actual, fenómenos críticos, que quien quiera leer podrá buscar y encontrar en periódicos o revistas económicas. Pues, ni siquiera estos medios se habrán quedado al margen de la vorágine y habrán arrimado el ascua a su sardina.

En cualquier caso hubo dos hechos que según el ánimo y el bando en el que se posicione el espectador, el crítico, el comentarista, o el que pasaba por allí y se quedó, se pueden o no considerar imperdonables pero que no deberían haberse producido. El primero, tiene que ver con el subtitulado. En ciertos momentos iba por un lado lo que se leía y por otro lo que se decía en escena. Confundiendo a aquella parte del público cuya lengua materna es el español, sí, pero que como público educado y culto, al fin y al cabo, entendía debido a su nivel de inglés. El segundo, siguiendo el lenguaje contemporáneo, es una oportunidad. Tiene que ver con el sonido. En ciertos momentos sonó mal y hubo ruido. Poniendo de manifiesto que si bien es cierto que con Mortier la orquesta ha mejorado una barbaridad, el teatro todavía no domina los medios que serán necesarios para partituras escritas recientemente y en los que los sonidos grabado, y su reproducción con amplificación, son claves para poder disfrutar del hecho sonoro ahora o cuando sean o se consideren historia de la música y pasen a ser sacrosanto repertorio que no se pueda mancillar u olvidar. Lo dicho, una oportunidad de mejora para la que todavía queda mucho tiempo para practicar hasta que lo dicho se produzca. Se progresa adecuadamente pero, también, muy lentamente.

¿Algo más? Ante esta pregunta lo prudente sería callarse. Silencio. Aunque el riesgo de no pronunciarse sea convertirse en un outsider. Mirado de reojo por unos y por otros. Aumentando la desconfianza sobre la calidad de la deuda (intelectual) del que calla y aumentando su prima de riesgo (de riesgo de ser considerado tonto, o peor, el contrario pasar a que le sitúen en una trinchera). Pues es cierto que hay muchas cosas que comentar en esta biografía de Marina Abramovic. Ya que de eso se trata, de la biografía de una persona de nuestro tiempo con nombre y apellidos. Banalidad de principio a fin. Vulgaridad extraordinaria, más que nada, porque la protagonista trabaja como artista. Viaja. Vive en la pomada. Conoce lo más in. Vende jarrones totalmente pintados de negro a treinta y cinco mil dólares. Incluso se permite el lujo de olvidarse un año. Pero nada de eso la exime de lavarse las bragas, limpiar los platos o el polvo. O, víctima de su tiempo, interpretar su vida en términos freudianos. Madre castradora, padre ausente. Y enamorarse del amor y sus subproductos, como el divorcio. Dolores pequeños inconscientemente y conscientemente autoinflingidos. Y de todo ello el recuerdo más querido se desvanece. El de haber bebido algo, tal vez un té. ¿Qué té?¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?

Todo es insuficiente para contar la vida vulgar de una artista, la vida que todo el mundo trata de imitar. Bob Wilson se ve forzado a ir más allá de sus límites expresivos o a explorar nuevos caminos. No se sabe si por gusto o por influencia de sus compañeros de viaje. Y, claro, defrauda expectativas pero se abre vías que será interesante verle explorar. Marina Abramovic, la que se conoce como objeto artístico, se ve obligada a desprenderse públicamente de sus señas de identidad para contar la ordinaria historia de su vida. Un objeto artístico que muere, un sujeto artístico que nace. Y Antony muestra y se hace consciente de la insuficiencia del pop actual frente al pop tradicional de la música folk de Macedonia. Tanto fracaso es hermoso de verdad. Aunque sigue siendo el éxito lo que atrae el aplauso. El éxito es William Dafoe. El único que no pierde la vida en lo que hace encima del escenario. Después de aquí seguirá siendo el mismo actor. El mismo eficaz y buen actor que en esta obra. Lo normal. Lo que no perturba. Lo que gusta. Merecedor del mayor aplauso y la mayor unanimidad. C’est la vie.

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