Navidad momificada

Ya están aquí los días del turrón, las estrellitas luminosas y los amables conciertos de Año Nuevo, que nos traen los mismos sabores, las mismas luces y las mismas músicas. Se despide este 2011 con una mezcla de extrañeza y temor a lo que está por venir, mientras las campanillas de los programas navideños siguen sonando en la misma tonalidad.

Y20111221_navidad-momificadaa está aquí la Navidad… Con toda su parafernalia kitsch, los reportajes de tiernas ilusiones en los que unos miles de pacientes jugadores abren sus despojados bolsillos en busca del número mágico entonado por ese canto imberbe que nos despierta todos días 22 de este festivo mes: “¡tropecientos, millones… de euros!”. Y los Reyes Magos vestidos con la cara de moda, sea ésta de futbolista, piloto de carreras o concejal, ahora incluso sin barba, para que se vea bien la transmutación. Mucha magia de talonario.

En este contexto, uno se pregunta qué papel juega la música en toda esta fiesta de colorines desacralizada, donde la propia Iglesia hace caja y observa –se supone que con cierto desencanto- cómo la fachada de El Corte Inglés ha olvidado ya hace tiempo a sus ángeles. Afortunadamente, todavía suenan algunos ecos del “Año Victoria”, y es posible escuchar música grande en algunas iglesias. Por cierto, la mismísima nochevieja se estrena en La 2 una coproducción de esta cadena con la BBC (otra vez los ingleses a recordarnos que Victoria es nuestro). Mala hora en mala noche para transitar por la vida y obra del gran compositor avulense, pero bueno, algo es algo. Parece que Ávila y otras capitales españolas sí han hecho caso al polifonista esta vez, quizá Madrid debería haber puesto un granito mayor en el montón, no en vano se nos murió aquí, bastante olvidado, y dada la potencia artística del homenajeado parece que era esta la oportunidad de oro para que todo madrileño supiera de su existencia. Y si se quiere un eslógan, lo tenemos: “Ningún gato sin su motete”.

Repasando los programas de Navidad, una vez más se puede comprobar la pobreza de la oferta, pero sobre todo la total obsesión –valga la “redundancia”- por repetir, repetir, repetir y repetir. Lo mismo siempre: concierto de Año Nuevo con la dinastía Strauss a la cabeza, la pobre novena de Beethoven (tan socorrida para cualquier celebración), algún romántico amable o distraido en el programa, las galas líricas o el siempre exitoso coro de gospel. Hasta he visto un “tema” de Mariah Carey, arreglado por un tal Juan Cuacci e interpretado por la Orquesta Sinfónica de Córdoba en un contexto en el que conviven sin despeinarse Händel, Sinatra, Suppe… Es decir, nada nuevo bajo el sol, eso sí, en dosis abundantes, bien batidas y con una amplificación mediática que ya la querríamos para otras cosas.

¿Y nuestro tiempo? Presente, lo que se dice presente, pues no, no está ni se le espera. Ni una triste obra despistada en un programa, al menos en los vinculados con estas fechas. No es que proponga un “Concierto de Navidad Contemporáneo” o algo similar, pero imaginar el estremecimiento en sus butacas de cierto público de matasuegra y serpentina que cuenta los días que quedan para su especial “Concierto de Año Nuevo”, sacudido repentinamente a golpe de Franck Bedrossian (quizá perversamente anunciado como la obra inédita de uno de los amigos Strauss), no lo puedo negar, me hace gracia. Lo que sí está claro es que a base de estos misiles musicales se lograría engañar al tedio e incluso alguna reputada universidad podría aprovechar el experimiento para un trabajo de investigación sobre el comportamiento humano.

Fuera de bromas, el panorama musical navideño dice bastante del atontamiento de esta sociedad. Y no tanto  por navideño sino por tonto. Unas fechas en las que el mercado nos asalta con todo tipo de necesidades impostadas, bien merecerían una contestación en forma de propuestas alternativas. No obstante, si repasamos el año musical de nuestro país, encontramos que –a pesar de las crecientes limitaciones y dificultades que está imponiendo esta absurda crisis y el aprovechamiento que de ella se hace por las bocas que sólo parecen saber pronunciar la parabra “recorte”-, el panorama sigue siendo rico, aunque sólo se detecte escudriñando en las redes sociales o en los blogs. En gran medida gracias a lo que ya podríamos bautizar como “producción independiente”, la oferta de creación actual sigue viva, con un aguante que resulta asombroso en este erial de recursos. Por eso, cuando en este mes de diciembre vemos que decae en alguna medida esta oferta, y aumenta desmesuradamente la más pacata, es cuando nos damos cuenta de la dureza del camino. Esperemos que en el año entrante esta iniciativa independiente, que suple la indigencia de medios con entusiasmo y compromiso, siga marcando un rumbo, cada vez más definido, y logre sobreponerse a las adversidades.  Mientras que lo público, con toda probabilidad, irá languideciendo hasta extremos inimaginables, y lo privado seguirá sin ser una opción viable (Ley de Mecenazgo: ¿te veremos aparecer por fin?), ayuda, lo que se dice ayuda, poca o menos. Así que sólo queda ponerse el traje de faena y a trabajar en régimen de mínimos. E ir inviertiendo horas en mover la materia gris para ver cómo se pueden articular soluciones en un contexto en que lo público ya no será lo que fue (que nunca fue mucho, por cierto), y la revuelta necesaria para que lo sea en un futuro se vislumbra lejana. Y si no, tocará ir sacando turno en la cola de “Doña Manolita”, pero sin demorar mucho, que se acaban los números.

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