Locura y sorpresas musicales contemporáneas

La obra de teatro “Drácula”, dirigida por Ignacio García May, y la película “Shutter Island” de Martin Scorsese, sirven de hilo conductor para una reflexión en torno a la locura y el uso de la música contemporánea en las artes escénicas y su recepción por parte del público.

20100329_locura-y-sorpresas-musicales“Transilvania está construida sobre el horror y el fuego. Nuestra historia es atroz. Llena de guerra y muertes espantosas. La vida es dura aquí. La gente le echa la culpa de todo al diablo.”

Drácula, de Ignacio García May

 

 

Locura

Cualquiera se puede volver loco si quiere entender qué es la locura leyendo el DSM IV, el libro que estandariza los diagnósticos psiquiátricos alrededor del mundo, y que justo en este mismo momento, algún psiquiatra estará consultando. La locura es simplemente un sinsentido, y como estamos en el siglo XXI, es un sinsentido estadístico. Lo que dice o hace un loco o una loca no tiene sentido para la mayoría, ni casi para una minoría apreciable estadísticamente, aunque sí lo tiene para él o para ella. Lo de Hitler no fue una locura. Tenía sentido para muchos alemanes y no alemanes. Fue, por tanto, otra cosa que no puede ser atenuada con el diagnóstico tantas veces repetido de locura colectiva. Aunque para ser más contemporáneos, el ejemplo debería ser la eficiencia empresarial y la financiera que tampoco son una locura. Ni están locos los miles de directivos y directivas ni los miles de autores de libros, artículos y análisis que la justifican, y que está produciendo una sangría de vidas en todo el mundo. Y lo hacen con sentido, y son, de una u otra forma, consentidos por la sociedad, al menos, por las sociedades en las que se puede votar y existen herramientas para facilitar la participación.

Sorpresa

La sorpresa es encontrase a públicos normalmente poco aficionados a la llamada música clásica contemporánea alabando las ilustraciones musicales del Drácula que se ha representado en el Teatro Valle Inclán de Madrid, del 3 de diciembre de 2009 a 10 de enero de 2010. Obra que ha sido estrenada en la estela de la saga Crepúsculo y el interés renacido, por lo menos en las sociedades desarrolladas, por los vampiros. Seguramente es el mismo público que también alaba la banda sonora de Shutter Island. Un blockbuster, es decir, una película hecha con el ojo puesto en la taquilla, por mucho que la haya dirigido Martin Scorsese. Y es sorprendente porque en ambos casos las ilustraciones musicales, sus bandas sonoras, están formadas por fragmentos o composiciones de lo que habitualmente se llama música contemporánea. La misma música que cuando se anuncia en los grandes teatros de ópera, los auditorios o festivales musicales suele provocar, si no una estampida general, al menos una más que notable desbandada. Sin embargo, en estos casos, obras creadas con verdadera vocación popular, sin ser directamente la responsable de que se llenen las plateas, no producen esa deserción en el espectador, sino todo lo contrario.

Música contemporánea

Cuando se habla de música contemporánea (la llamada, popularmente y por algunos autodenominados aficionados a la música, de kling, klang, klung) generalmente se está hablando de música que se compuso y estrenó en el siglo pasado, el siglo XX, muchas veces con 50 ó más años de vida. Hay nombres de compositores que se repiten en la obra de teatro y en la película: György Ligeti, John Cage y Morton Feldman (con su famosa Rothko Chapel o las Variations). Y entre los que no se repiten se encuentran los también “famosos” en el ámbito de la música del siglo XX o de épocas anteriores: Alfred Schnittke, Arvo Pärt, Brian Eno, John Adams, Kaija Saariaho, Max Richter, Krysztof Penderecki, Vaughan Williams, Gustav Mahler o Thomas Tallis. Hasta se incluye al conocido videoartista y compositor Nam June Paik y su homenaje al referente y epígono de la música contemporánea John Cage.

Tanto en el Drácula de García May que se representaba en el Teatro Valle Inclán, como en la película Shutter Island de Scorsese que se puede ver en los cines en la actualidad, la locura ocupa un lugar central. Es un sin sentido usado con la intención de causar terror, miedo, angustia o tensión. En ambos casos, el manicomio se ofrece como el lugar donde la locura se escenifica frente a un referente con sentido que resulta ser la medicina, ni si quiera la salud. Drácula vs. los doctores Seward y van Helsing. En Shutter Island es Teddy Daniels vs. los doctores Cawley y Naehring. Y es la música contemporánea la que le da un sonido a esa fractura o solución de continuidad que se produce entre el “sin sentido” y el “con sentido”. Las plateas escuchan embelesadas lo que esa música les cuenta independientemente de su edad, de su género, de su clase social, de su nivel formativo o socioeconómico y, luego, aplauden o compran la banda sonora en Amazon, en la FNAC, o la buscan y piratean en cualquier página de descargas alegales a la que tengan acceso a golpe de ordenador. Y esta apreciación no se hace por lo fácil. Por ejemplo, la obra Drácula comienza con el teatro totalmente a oscuras, si no fuera por un liviano y casi imperceptible cono de luz que se proyecta desde una de las esquinas de la boca del escenario y sonando una de estas composiciones durante varios minutos, a modo de obertura de una ópera, antes de que suba el telón y desparezca el oscuro.

La música contemporánea salta, ¡oh sorpresa!, a la escena pública y deviene popular gracias a su incorporación a otros medios de los que habitualmente se la había excluido, más bien extirpado. Que siendo una música tan racional, sobre todo la que se escribe después de la Segunda Guerra Mundial, se la use para ilustrar la locura, el sin sentido estadístico que produce miedo, angustia, tensión, da que pensar. ¿Es o ha sido ese control racional una auténtica locura? ¿Un sinsentido? Por ahora, esa masa informe que es el público y los espectadores, que representan a la sociedad en su mayoría, aunque posiblemente no en su complejidad, ha establecido, gracias a distintos autores, esta relación de una forma intuitiva. Habrá que dejar que el tiempo haga su trabajo y confirme si esto es o no es un sinsentido, una locura. Mientras, habrá que sentarse en las butacas, escuchar y disfrutar del sonido de un tiempo que hace poco fue nuestro tiempo, del que fuimos contemporáneos.

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