¡Estaba ahí!

[UNA TEMPORADA EN LA ÓPERA]
La agradable sorpresa del estreno en el Teatro de la Zarzuela de Madrid de “Yo, Dalí” de X. Benguerel y J. Salom, con dirección musical de M. Ortega y escénica de X. Albertí, pone de manifiesto que no es la ópera contemporánea la que está reñida con el público, sino la posición que se ve abocado a tomar dicho público y los profesionales que le rodean después de asistir a cualquier espectáculo denominado contemporáneo. Posiblemente motivo de que la música contemporánea española no encuentre ni acabe de poner su voz en el mundo.

El Teatro Real y otras muchas instituciones nacionales llevan años buscando la obra española que posicione a España en el ámbito de la ópera actual. Que pudiese interesar más allá de las fronteras del país y de sus parroquias. Han sido vanos intentos que han defraudado por igual a los aficionados y a los profesionales y que siempre se ha quedado lejos del objetivo, incluido el sempiterno ejemplo de Luis de Pablo. Por eso no se entiende que la ópera Yo, Dalí de Xavier Benguerel con libreto de Jaime Salom haya tardado tanto tiempo en estrenarse. Se entiende aún menos, cuando la búsqueda era activa y cuando la obra era un encargo del Ministerio de Cultura español de 2004 para celebrar el año Dalí.

La obra esconde un libreto que tiene una mínima estructura argumental, como suele suceder en todas las óperas. Cuando pase el tiempo y Dalí, el Maestro, y Gala, su musa, sean olvidados como personajes célebres de una época, se verá como el trágico amor entre una mujer y el hombre que no es capaz de satisfacerla carnalmente, aunque sí lo es material y psicológicamente. Dos seres unidos por eso que es, en términos de las más conocidas óperas, más grande que sus vidas y causa de su tragedia, habitualmente, de la tragedia del personaje femenino protagonista. Salom ha sabido recoger ese espíritu y con sabiduría actualizarlos en superficie con los conocidos excesos de la pareja allá por donde pasaron. Y en esta estela de lo clásico, obvia toda referencia política, apenas se ve ni se viven la Guerra Civil, la Mundial o la dictadura franquista, si no fuera porque en un momento dado las comenta para hacer una referencia así mismo y su aparente locura. Dalí se asombra de que lo llamen loco cuando hay hermanos matando a hermanos en España o seres humanos matando a otros seres humanos en Alemania por el simple hecho de ser judíos.

Lo mismo se puede decir de la música. Una música de su tiempo, de este tiempo, pero que como muchas de las composiciones de otras épocas no olvida integrar o incorporar tonadas o canciones populares de aquellos tiempos, con sutileza, contrastándola con lo que se denomina y se entiende por música contemporánea. Una música que usa la voz como un elemento musical más que da inteligibilidad a la experiencia sonora, habitualmente más abstracta que concreta, por mucho que haya un tipo de música que se llame así. Una música acertadamente cansina como forma de describir una época, un tiempo, en el que visto desde hoy, en cada esquina aparecía un artista, un poeta o un cineasta que iban a cambiar el curso del arte y de la historia. Igual de cansina que la relación Gala-Dalí, aunque no le faltaba el interés como muestran las hemerotecas y las abundantes biografías. Una música a la que la orquesta no le supo coger el tono, el punto si usásemos términos coloquiales, pero que sí supo mostrarla con la suficiente claridad para dejar al público apreciar su calidad y esperar que las sucesivas representaciones, de este montaje o de otros que se hagan de la misma obra, vayan afinando el conocimiento y la forma en la que se debe reproducir. Una obra que en apariencia es moderna pero que en concepto tiende a lo clásico, a perdurar.

Ambos elementos han sido recogidos y entendidos con humildad por Xavier Albertí, el director de escena. La misma que transmiten los dos autores anteriores. Tal vez debida a que se están acercando a uno de los iconos culturales más importantes del siglo pasado sobre todo para los españoles y, muy especialmente, para los catalanes. Pocas o ninguna estridencia y momentos en los que su acción se refiere a meros apuntes para dejar que suene la música y se oiga a los cantantes. Dos escenas ejemplifican a la perfección lo anterior. La primera es cuando Dalí y Gala se declaran su amor ante la bahía de Cadaqués y el aria del cuarto acto cuando Gala agoniza. Luz, espacio y mínimos elementos escénicos para que se produzcan, se entiendan y se sientan la magia del amor, más bien, la extrañeza del enamoramiento de los otros, y la muerte. No todas las escenas tienen esta calidad expresiva, como sucede en otros montajes de Albertí, hay momentos en los que parece bajar la guardia y descuidarse. Sin embargo, esta vez son pocos, y ha sabido capturar el espíritu de lo que debía ser estrenar una ópera en otro tiempo. Donde lo hermoso era la historia que contaban y cantaban unas voces y una música y las escenas se separaban una de otra para preparar el escenario. Y esta, como muy bien ha entendido el director de escena, es una historia de amor. Una de las estrambóticas historias de amor de las que está lleno el siglo XX. Por lo que las obras de Dalí, del Maestro, apenas aparecen o se integran sutilmente, aunque ocupen el forillo del fondo en el último acto como un elemento escénico más pero levemente iluminado, oscurecido sin duda por el tiempo, como en esos momentos históricos debía estar la mente del protagonista.

Siguiendo el modelo actualmente canónico de crítica de una obra, adecuada a lo que se ha visto y a su espíritu, no puede faltar una referencia a las voces y su capacidad actoral. Con una elección fallida para el caso de Dalí, pero apropiada para el resto. Que permiten a Marisa Martins hacer realidad en el aria de la moribunda Gala la promesa que es como buena actriz y buena cantante en el resto de la obra. Con un Antonio Comas que quiera o no ya es parte de la historia de la música contemporánea española en su vertiente teatral o escénica. Del que se aprecia su capacidad actoral y esa forma inteligible de cantar que permite al espectador entender lo que dice cuando canta.

Habrá una segunda oportunidad para ver y escuchar este mismo montaje en la próxima temporada del Liceo de Barcelona. Por todos sus elementos debería ser el acontecimiento que no ha sido en Madrid, aunque no faltaron a su estreno músicos, compositores, actores y artistas, como el inefable Valcárcel Medina. Saltar más allá del ámbito meramente musical. Pero aunque no lo fuera, el público, cualquier público interesado en el teatro musical, agradecerá que por fin le sienten delante de una ópera de hoy en día sin excusas, ni coartadas, para ver y disfrutar. Guste o no lo que se vea y se escuche es una muy agradable sensación no tener que posicionarse ni a favor ni en contra de lo contemporáneo. Salir con el ánimo de hablar, de conversar, de intercambiar ideas de entender al otro, los gustos del otro y su razonamiento. ¿No debería ser esto la cultura?

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