El arte a golpe de Wagner y… Greenpeace

El estreno en abril de la última parte de la Tetralogía wagneriana en el montaje de La Fura dels Baus y una entrevista a Carles Pradissa sobre el El Oro del Rin, sirve de hilo conductor para una reflexión más amplia sobre las formas de presentación del arte en la actualidad.

W20090712_arte-wagner-greenpeaceagner, Tetralogía, La Fura dels Baus… Nombres todos ellos muy sonoros… A poco más de dos meses del estreno de Götterdämmerung (El Crepúsculo de los Dioses) en el Palau de les Arts de Valencia, y vistas las espectaculares críticas que los medios hicieron de esta producción (y de su puesta de largo europea, abriendo el 72 Maggio Fiorentino Musicale), se me antoja empresa complicada y de evidente riesgo tomar el modelo La Fura para una reflexión sobre el arte que pretende pasar por encima de nombres y adscripciones para poner el foco en un problema más amplio. Por eso, antes de nada, dejo claro que no debe tomarse el artículo como una forma de hacer sangre contra nadie, sino para incitar el debate sobre la presentación del arte en nuestro tiempo. No se entienda mal, nadie aquí pretende ser l’enfant terrible de nadie.

El pensamiento musical contemporáneo no deja de ser una especie de crisol de propuestas estéticas (o en muchos casos pseudo estéticas) que, a pesar de las apariencias, se mueven entre la nostalgia por una vuelta a perspectivas unívocas (que, no nos engañemos, nunca volverán) y todo lo contrario, la defensa activa de lo plural (que vivimos ahora tan intensamente, tan globalmente, después de derribada toda incomodidad, incluida la posmodernidad en su formulación más teórica y “purista”). En este entramado de ideas que van y vienen, de arte que antes se expone que se propone, muchas veces sin esperar más respuesta del receptor que un sonoro aplauso, y que aparece como sucesión deslabazada de ideas, sonidos, colores… en esta especie de estado asocial del arte la obra aparece a menudo mediatizada por una tremenda amplificación; todo es grande, poderoso, espectacular… “La Fura dels Baus frente al dios Wagner” –rezaba el titular de El Mundo sobre el estreno en 2007 en el Palau de les Arts de Valencia de Das Rheingold (El Oro del Rin)-. Estas palabras no pueden ser más clarificadoras, negro sobre negro, La Fura sobre Wagner. ¿Quizá excesivo? ¿Hay lugar para la interpretación de la obra o simplemente debemos dejarnos llevar por las sensaciones que muchas veces embotan nuestra capacidad de percepción? Se podrá decir que quien va a ver-escuchar a Wagner ya sabe lo que le espera: un atragantamiento de Dios, mito y hombre. Obviamente, no se puede pedir que el “españolito medio” se haya empapado de Schopenhauer, de Nietszche, de Adorno… Ni mucho menos que se lo lea para ir a la Tetralogía. Y, en cierto modo, queda expuesto al bombardeo. El refugio que podría suponer el conocimiento está ocupado, sigue siendo terreno del erudito y como tal, inasequible a la mayoría. En el mismo artículo de El Mundo, Carlos Padrissa, uno de los directores de La Fura, dice  (o el periodista dice que dice; salvemos la razón con la duda…) “Nuestra interpretación de El oro del Rin es ecología profunda. Erda, la diosa Tierra, es el combustible fósil. Si lo alteras, si se lo robas a la Tierra, la cambias. Estás cogiendo el oro negro, desequilibrando lo demás. Esto Wagner lo pensó en el XIX”. Por estas palabras cualquiera pensaría que Wagner fue el fundador de Greenpeace… Fuera de bromas, la referencia a la ecología –probablemente el mismo Wagner ordenaría talar más de un árbol en la colina de Bayreuth para construir el Bayreuther Festspielhaus- parece algo forzada; otra subida de peldaño en pos de la mediación de una parafernalia excesiva que inhabilita cualquier interpretación fuera de lo políticamente correcto (los árboles impiden ver el bosque…). También podríamos alegar que quien visita el mundo wagneriano debe esperar el ataque frontal, pero también podrá deleitarse con todo un espectro de sutilezas que no encontrará bajo el manto del panfleto ecológico convertido en trueno total (o global).

Es evidente que La Fura –que, insisto, tomo únicamente como ejemplo, no como objetivo crítico en sí mismo- tiene una intención que, por muy novedosa que parezca en su disfraz, realmente no le pertenece. Su intención es deliberadamente obscena (entiéndase la palabra en el contexto), como cualquier político de hoy; también deliberadamente mercantil, como cualquier gran marca de hoy; pretenciosamente ética, como cualquier medio de comunicación de hoy… La novedad es funda, es necesidad de ser nuevo (cómo me suena eso…). Y en ese viaje se anula cualquier posibilidad de escucha crítica, de visión crítica, de percepción individualizada que no sea la más cercana a meterse dentro de un cañon y encender la mecha (¡dar al intro, carroza!); el receptor queda fuera de juego. Pobre Fura… Cuando logramos que una producción operística suene fuera de España, ya estamos echándola abajo… Por eso aclaro que no escribo con el propósito de ensañamiento hacia esta compañía, sino que pienso que es un ejemplo muy evidente de cómo entendemos el arte en nuestro tiempo; cómo se muestra en público (que en definitiva denota cómo lo entendemos).

Pero, ¿qué ocurre con la posición contraria, la que apela a un purismo histórico en claro deshuso? Por ahí también vamos mal… Ya no parece lícito, por arcaico y casi casposo, un movimiento reaccionario contra la renovación de la obra del pasado. Hemos acumulado estratos de justificaciones para que esto haya dejado de tener sentido, fuera de lo meramente opcional, es decir, como opción que convive pacíficamente con las otras. Y este caso, el de la convivencia en paz y concordia, es de clara adscripción posmoderna, por lo que tampoco puede ser apropiada por un sector reaccionario que, si existe, ya se atreve  poco a asomar la cabeza. De todas formas, Harnoncourt ya resolvió el problema hace años, al posicionarse sobre el uso o no de instrumentos antiguos (tema, si cabe, todavía más espinoso y que puede servirnos en este contexto): “[…] es tan posible hacer música con instrumentos antiguos como con los otros; todo depende, pues, de ‘por qué’ un músico se decide por un medio sonoro u otro.” (La música como discurso sonoro: hacia una nueva comprensión de la música. Barcelona: Acantilado, 2009, p. 121). Entonces, por ahí, todo despejado.

Cuando Padrissa –sigo citando el increible y ya empolvado artículo de El Mundo- dice que “la Tetralogía es una invitación a pasar el semáforo en rojo”, está aludiendo a un inconformismo imposible del público. Y continúa, “A la intuición hay que dejarla libre. De hecho, Wagner exige que se escuche con oídos limpios, casi de idiota [citando al crítico valenciano Eduardo López-Chávarri]”. No estoy muy seguro de nada, ni de que así se deje libre a la intuición, ni de que la cara de idiota no aflore realmente a la salida del espectáculo. No es de recibo decir que Wagner es para niños. Hagamos la prueba y veremos que la cara de idiota se convierte en sueño profundo o en profundo terror. Y tampoco es una cuestión de élites decimonónicas (diosmelibre…), cosa que ni se debate aquí y que queda claro en el apoteósico final de esta parte de la entrevista: “Con Wagner hay que tirarse a la piscina. Hay que cruzar el semáforo en rojo. Dejarse llevar por el fluido, flotar. Por eso hay wagnerianos y no wagnerianos. Y los wagnerianos son un poco idiotas, que se dejan emocionar, llevar, que se zambullen y les da igual que dure cuatro, siete o 15 horas. Con Wagner hay que hacer como con un marisco, chuparle hasta la cabeza”. Sin embargo, comprendo la postura de Padrissa; hay que epatar, incluso en las declaraciones a la prensa (más, en estos casos). Hay que provocar el escándalo en cualquier contexto; es la marca que identifica y, en este mundo mercantilizado, hasta se disculpa. Sin embargo, creo que la clave quizá debería estar en dejar sin usar la cabeza del langostino. A nadie le gusta chupar una cabeza chupada por otro. Pero es que es más difícil ser “creador” que “creativo” (término tan religiosamente adulado en estos tiempos). Dejar un espacio al receptor no es fácil en unos tiempos donde el anuncio de televisión que interrumple la intimista película japonesa de La 2, ha pasado a ser lo más parecido a una patada en los riñones. Aquel que logre encontrar este equilibrio, estará siendo wagneriano… y haciendo arte.

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