¿Crisis en la cultura o “cultura” de la crisis?

El artículo toma como punto de partida un sondeo de la Fundación Contemporánea realizado a expertos del mundo de la cultura, para plantearse una serie de reflexiones sobre las características de la actual crisis económica y cómo ésta afecta al mundo del arte.

E20100710_crisis-cultura-cultura-crisisl título del artículo no pretende ser ingenioso y original (seguro que no lo es), aunque evidentemente sí tiene una buena dosis de retórica. La cuestión que plantea es consustancial al momento en que vivimos y es posible que no sea una mala idea hacernos preguntas, precisamente en este momento en que la situación económica parece alcanzar la categoría de enigma sin posible solución. Y surgen preguntas en paralelo: ¿estamos saliendo de la crisis? Quien lo afirma o lo desmiente, ¿qué credibilidad nos ofrece? ¿No será la economía, en definitiva, el verdadero “arte” de nuestro tiempo, dada su virtualidad, juego con lo caótico, capacidad de abstracción o de transcendencia de la realidad hacia espacios insospechados? En este teatro social, parece que el poder económico es el protagonista indiscutible, el actor que maneja la escena como nadie y para todos, una especie de Grand Macabre acechante y con silueta de mercado… Y ahora, centrémonos un poco.

La idea de escribir un texto a partir de este juego de conceptos y realidades tiene su origen en una noticia de agencia de EuropaPress, titulada “La crisis también pasa la tijera a la Cultura“. En ella se da cuenta de las conclusiones del barómetro del Observatorio de la Cultura, correspondiente al primer semestre de 2010, estudio realizado por un panel de expertos convocados por la Fundación Contemporánea. No se trata por tanto de una encuesta al ciudadano, sino que pretende tomar el pulso del estado de la cultura en nuestro país a través de preguntas a un grupo de personas (105 en el sondeo de abril de este año) de diferentes disciplinas: escritores, artistas, actores, responsables de fundaciones, directores de museos, editores, cineastas, músicos, arquitectos, galeristas, comisarios de exposiciones, gestores culturales…

Uno de los aspectos que más llaman la atención de los resultados que ofrece el estudio es la percepción de los propios profesionales que participan en el sondeo sobre quiénes son los nombres propios más representativos de la cultura española. La respuesta mayoritaria es desalentadora: Pedro Almodóvar y Ferrá Adriá. Decimos desalentadora porque, en el caso del primero, parece que la percepción del prestigio sigue instalada en señalar a aquellos que triunfan en Hollywood (algo que suele estar al margen de los méritos artísticos); en el segundo caso -seamos serios por un momento-  nunca serán igual de “intensas” unas fabes asturianas deconstruidas que el método de Heidegger o de Derrida (ni siquiera después de un par de días sin probar bocado…). Pero, sobre todo y en ambos casos, ¡es que parece que la “visibilidad” es lo único que cuenta a la hora de otorgar prestigio!

En lo que respecta a la música contemporánea (afortunadamente presente en el estudio), la “visibilidad” sí parece ligada a una proyección que ya podemos llamar histórica: Luis de Pablo y Cristóbal Halffter aparecen en primer lugar, esperamos que no sólo por las celebraciones de sus 80 cumpleaños. Pero lo más curioso se da en el tercer compositor de la lista: Alberto Iglesias. De todos es conocido su completa formación musical, pero de ahí a considerarlo en el contexto de lo que todos entendemos por “música contemporánea”, hay dos leguas. ¿Será otra vez Oscar quien haga funcionar la maquinaria del éxito, también en los dominios del multifónico y el live electronics?

Respecto a las otras artes, tampoco hay demasiadas sorpresas. En música clásica, Plácido Domingo y Jordi Savall; en música popular, Joan Manuel Serrat y Enrique Morente; en artes plásticas, Miquel Barceló y Antoni Tàpies; en literatura, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Enrique Vila-Matas (el Semidios de la Feria del Libro, Pérez Reverte, parece no dar la talla)… Y aquí ya podemos derivar una primera conclusión: si el mundo de la cultura percibe estos nombres como los auténticos representantes de nuestra cultura, ¿qué diferencia existiría si el sondeo se hiciese al común mortal, ese al que últimamente le cae el atroz calificativo de “ciudadano normal”? Poca, da la impresión. Es cierto que los porcentajes de estas respuestas no son en absoluto unánimes, pero tampoco desdeñables (en muchos casos rondan el 10%, salvo en los casos citados antes de Almodóvar y Ferrá Adriá, ¡que alcanzan el 31,4% y el 40%, respectivamente!). En un país que presume de tener una cultura viva, dinámica y de calidad, con tantos y tantos metidos en faena, ¿no sería más lógico un resultado de tal dispersión que hiciera imposible sobresalir dos o tres nombres por “sector”?

El patrón crisis

Si es complejo resolver el tema de la crisis en la cultura, no lo es menos el de analizar si estamos ante una asimilación de la crisis que lleve a constituirse como modelo o patrón social. En definitiva y para entendernos (aun siendo plenamente conscientes de la incorrección semántica del término “cultura” en estos contextos), ¿podemos hablar de  una “cultura” de la crisis? Si volvemos al estudio mencionado, la percepción de los profesionales sondeados respecto al impacto de la crisis no deja lugar a dudas. Por una parte, hay unanimidad en los encuestados al señalar la pérdida de capacidad en sus actividades debido a la situación económica. Y también aparece acrecentada la habitual queja sobre la insuficiente aportación de las administraciones públicas y privadas al sector. Finalmente, el sondeo muestra también un cierto pesimismo sobre las expectativas de recuperación, en cuanto a que ésta se produzca antes de 2012. Todos estos datos no pueden sorprendernos, y menos el último, si tenemos en cuenta el grado de incertidumbre del que hablábamos al inicio del artículo. Pero quizá sí podría hacernos reflexionar sobre si obedecen a una percepción fundada en una mínima objetividad o pudiera deberse a sensaciones difusas, producto precisamente de la ausencia de movimiento, la instalación perpetua en un estado de cosas que pudiera llevar implícito el factor depresivo de la crisis.

Y para analizar cuestiones de este tipo suele dar buen resultado hacerse preguntas como las siguientes: ¿qué intereses existen? ¿A quién puede convenir que la crisis perdure? ¿Alguien podría estar “haciendo su agosto” en una situación así? Pues no parece muy desacertada esta hipótesis. Y este posible aprovechamiento nada tendría que ver con los ejemplos anécdóticos que habitualmente escuchamos en los telediarios… Pero aquí tendríamos que acotar el terreno porque este artículo no tiene alma de tesis, y aun si lo fuera realmente, cualquier análisis que pretendiera encontrar explicaciones científicas resultaría una tarea quijotesca. Sin embargo, sí es posible hacer algunas observaciones -centradas en el mundo de la cultura- que nos puedan dar algunas pistas. Por ejemplo, limitando el campo a la música, cualquier artista u organizador de conciertos que últimamente haya buscado financiación para su proyecto seguramente habrá detectado ciertos cambios en la estrategia de respuestas de las entidades a las que habitualmente se dirige. “La crisis ha reducido mucho nuestro presupuesto”, “Este año la crisis nos ha forzado a eliminar los programas de subvenciones” o “Ahora sólo podemos afrontar proyectos propios para que no se piense que la institución derrocha”, serán algunas respuestas “novedosas” (y a veces un tanto alucinantes) que seguramente habrán sorprendido a unos, puesto en guardia a otros y cabreado a la mayoría. Incluso, cuando se trata de algo tan habitual como solicitar la aportación sin coste de un espacio escénico para un espectáculo, en muchos casos -también en las salas gestionadas desde lo público- hay un cambio de políticas: “¿De qué viviríamos si no? El alquiler de los espacios es una fuente de ingresos imprescindible”. Como si los presupuestos de estas instituciones no tuvieran su origen en los impuestos de los ciudadanos… (también los artistas y organizadores lo son, ¿no?).

Y es que todo este asunto es muy grave. Así mueren y se secan valiosas iniciativas culturales que, incluso partiendo de premisas en las que los organizadores de las propuestas tienen muy claro que no cobrarán un euro, resultan inviables por falta de una mínima aportación económica, la mayor parte de los casos, de cuantía ridícula para una cuenta de resultados. Por poner un ejemplo, en este país se puede contratar actualmente a un grupo de cámara de excelente nivel por 3.000 o 4.000 euros, y con esta cantidad ya tenemos un concierto de un par de horas. Asusta saber que -por sólo poner un ejemplo y al margen de colores políticos- la visita del Papa costará a la Xunta de Galicia 4 millones de preciados boniatos. Se podrá alegar que el ejemplo tiene trampa, que se trata de una cuestión política que, además, se inscribe en las relaciones internacionales entre España y el Vaticano. Sin embargo, podemos encontrar mil ejemplos más, de todos los pelajes (grandes eventos deportivos, supermillonarias contrataciones para tal o cual conmemoración, fastuosos techos cuya pintura se luego se cae a pedazos…), y todos con la marca “Cultura” bien visible. Entonces, vuelve con nosotros -como por Navidad- la tan querida ”visibilidad”, vestida de justificación inapelable. Y otra, muy recurrente: todo eso genera riqueza económica, no como esa música endógena de élites, que interesa sólo a unos pocos… Algunos estudios económicos, a los que enseguida se ha apuntado algún ministro, indican que si España gana el mundial de Sudáfrica (y rezaremos al Dios del fútbol, que ya no es Maradona, para que así sea) el PIB crecerá hasta hacer revisar las previsiones del gobierno. Tiene lógica. Un país rebosante de alegría gasta más, consume más y así se reactiva la economía. Y el prestigio que internacionalmente puede proporcionar el fútbol parece ser más positivo para la balanza comercial de un país que disponer de una infraestructura cultural y un corpus artístico de calado. Esto es cuantificable y podemos aceptarlo incluso sin tener fe en ningún guru de las finanzas. Pero no todo es economía, o no debería serlo. O, mejor dicho, no todo debería ser medido a través del mercado. Sobre todo, porque si de gasto se trata, las cantidades que demandan muchos proyectos artísticos son tan irrisorias que merecería la pena dar una oportunidad a esas iniciativas menos “visibles”, que en demasiadas ocasiones son precisamente las de mayor calidad.

Con estas ideas sobre la mesa casi podríamos concluir que la crisis es una gran falacia, un montaje perverso ideado por un poder económico que tiene un objetivo meridianamente claro: desmontar definitivamente un estado del bienestar que no sólo resulta molesto sino que pone demasiados obstáculos al libre enriquecimiento. Puede sonar alarmista, e incluso a arenga de otro tiempo, pero lo cierto es que será difícil que, después de esta crisis, algo sea como antes. Al panel de expertos del sondeo de la Fundación Contemporánea le preguntaron si veían la luz antes del 2012. Si la pregunta hubiera sido simplemente si la luz será la misma en algún momento o ya sólo será posible utilizar bombillas de bajo consumo, es probable que el pesimismo se hubiera convertido en puro desasosiego. Tiempo al tiempo.

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